Ahí van las leyes
El antiguo refrán toledano, citado en el Quijote, decía: “Ahí van leyes no quieren reyes”, refiriéndose a quienes detentan el poder público que acostumbran interpretar a modo las reglas para adecuarlas a sus proyectos, planes, gustos o simples ocurrencias.
La tentación de acomodar el espíritu de una ley a determinada intención particular es casi irresistible. De hecho, cuando de plano la ley es tan clara y estricta que no admite desviaciones de interpretación, los gobernantes simplemente operan para modificar el marco legal y así poder decir que están actuando apegados a derecho.
En casi todos los sexenios hemos presenciado reformas de variada trascendencia a la Constitución Federal y si bien es cierto que se cuidan las formas y procesos legislativos para darle conformidad con el estado de derecho, las modificaciones son tan obvias que no dejan lugar a dudas que responden más al estilo particular de cada administración que a una auténtica inquietud popular o corriente legislativa. Precisamente ahora estamos presenciando una pretendida reforma constitucional que sacudió al gremio jurídico en materia penal.
Lo mismo pasa a otros niveles de gobierno y hasta en empresas, clubes, sindicatos y otras asociaciones, donde la dirigencia en turno hace lo que puede para ajustar el marco regulatorio propio para amoldarlo a su proyecto.
Ahora bien; hay que entender que el marco legal no solamente está constituido por reglas escritas y formalmente promulgadas sino por usos, costumbres, tradiciones; reglas no escritas que en ocasiones tienen más raíz que una legislación siempre empañada por la transitoriedad.
Hay reglas no escritas que tienen mayor vigencia que las codificadas o grabadas en letras de oro. Algunas de ellas son la civilidad, la prudencia y la salida airosa que debe concederse al vencido. El lenguaje propio y comedido es otra de ellas, comportamiento que dice de personas bien nacidas, aunque históricamente, en las tormentas pasionales de los intereses en pugna, casi siempre se brincan esas trancas. En el viejo romancero leíamos con divertimiento: “Castellanos y leoneses, tienen grandes divisiones. El conde Fernán González y el buen rey Joaquín Ordóñez. Sobre el partir de las tierras y el poner de los mojones, decíanse hi-de-putas e hijos de padres traidores...”
Las diferencias de opinión deben ventilarse, en un régimen que presuma de ser democrático, en el diálogo parlamentario maduro y no en circo de gladiadores, donde la plebe vitorea con la víscera y no el cerebro.
Por ello, en mi opinión; todos; pero con más razón quienes ostentan la autoridad investida por el voto del pueblo, deben cuidar el lenguaje y las formas. Todo aquello que tienda a aglutinar debe ser apoyado; por el contrario, lo que divide deberá ser excluido, eliminado y cuando ocurre, subsanado. Dicen que en política la forma es fondo.
En un estado en el que concurren regiones separadas por cuestión geográfica, con más razón debe hacerse un esfuerzo para aglutinar los sectores económicos, la agricultura, comercio, industria, servicios; pero también la cultura, el notariado, el sindicalismo, de tal manera que el liderazgo contribuya a esfuerzos comunes y no dispersos.
Es cierto que la conectividad producto de la tecnología permite comunicaciones no presenciales, pero debe tenerse sumo cuidado que esa distancia no se aumente, sino todo lo contrario, que propicie el acercamiento.
El lenguaje enérgico, por diferencia de opiniones, como epítetos porcinos. El desaire expreso de eventos tradicionalmente radicados en cierto recinto, como el aniversario de la fundación del estado, deben ser cuidadosamente implementados, para no generar conflictos innecesarios. Probablemente se argumente que algunos tienen la piel muy sensible o delicada, pero, bueno, la sociedad está formada por toda clase de caracteres y sería deseable que el gobernante considerara esa diversidad.
Que no se diga “Ahí van leyes donde quieren reyes” sino que el gobernante honrosamente se someta a un conjunto de normas en cuyo marco asumió el timón y ejerza su mandato en ese cuadro.