CITA CON CLÍO.

FRASE. “Cualquier cosa que se diga antes de una pandemia parece alarmista. Una

vez que ha empezado una pandemia, cualquier cosa que se diga o que se haga resultará

inadecuada”. Michael O. Leavitt.

VIAJE AL NOROESTE: Crónica periodística (fragmento). “La guerra –me dijo un

agricultor de Mexicali- es dinero.” Se encontraba, bañado en sudor, frente a una

“catedral” inconmensurable de cerveza, en la barra de una cantina. Sin sospecharlo

siquiera, este agricultor, uno entre mil idénticos, igualmente esforzados y trabajadores,

expuso de la más rotunda manera, con su sola frase, lo que constituye la actitud de gran

número de personas que en México consideran el actual conflicto armado como un

recurso para enriquecerse, y nada más como eso, sin sentimentalidad alguna y sin

romanticismos anticuados.

En la frontera norte, observando a los braceros, a los agricultores, a los

comerciantes, el hecho se aprecia en toda su descarnada brutalidad. La gente se muestra

febril, ávida ¿Tal vez porque desee ardientemente y con todo su ser el triunfo de las

democracias? Quien creyese tal cosa se equivocaría de manera absoluta. “La guerra es

dinero.” Es dinero que entra por las falsas y doradas puertas fronterizas de nuestro país,

de manera incesante, para enriquecimiento de algunos y miseria de los más, carestía,

inflación.

Me fue presentado un hombre joven, fuerte, prieto de sol y cuyo rostro mostraba

hondas huellas de fatiga. Al estrechar su mano sentí sobre la mía la aspereza de sus

callosidades. Creí que se trataba de algún bracero o trabajador del campo.

-Soy maestro –explicó-, pero durante las vacaciones todos los maestros de Mexicali

trabajamos al otro lado, en las pizcas.

Tampoco en este caso se trata de una contribución a la política de buena vecindad.

Los maestros que han ido a California como braceros temporales, lo han hecho tan solo a

influjo del cautivador hipnotismo de una palabra americana: dólares. De paso podría

decirse que los maestros norteamericanos gozan cada año de vacaciones en el extranjero

donde, sin dejar de examinar las formas de la organización agrícola, estudiarán tal vez con

más ahínco los sistemas pedagógicos. Con los nuestros, sin embargo, ya se ve la irónica

realidad, y atribúyase a lo que sea, a los malos sueldos, a la pobreza del país o a la eterna

“idiosincrasia mexicana”, pero tales son los crudos hechos.

Como toda ciudad fronteriza, Mexicali es una que no acaba de definir su

personalidad, su fisonomía. Apenas se levanta, y apenas, de entre sus innumerables casas

de madera, comienzan a elevarse los edificios de concreto. Un Mexicali pintoresco,

intenso, lleno de color, es el barrio conocido con el mote de La Chinesca y el llamado

Pueblo Nuevo. Los separa de la zona comercial y residencial un zanjón de desagüe, sobre

el que se tienden dos puentes, uno de ellos, el de La Jabonera, en cuyo orgulloso

frontispicio puede leerse cierta aterradora prevención: “propiedad privada”. La Chinesca

es un pequeño barrio chino, con todo lo que tiene un barrio chino, sus tiendas, sus

letreros y una multitud de gente que parece estar holgando todo el tiempo, sobre las

cálidas, polvorientas aceras. Se venden ahí tostadas, tacos, discutibles chop sueys y,

también, cigarrillos de mariguana; todo lo que tiene un barrio chino, sin dejar los

fumaderos de opio. Por su parte, Pueblo Nuevo es vigoroso, recio, proletario. En ambos

bulle la vida con intensidad y en ambos, también, late furiosamente el mismo signo que

preside a todo el cálido valle de Mexicali: dinero.

Los habitantes de Mexicali, en efecto, soportan batalladoramente, con voluntad

desesperada, todos los rigores, todos los sufrimientos, todas las vicisitudes del clima

infernal, llevados por el deseo de ganancia. Y en la joven burguesía –una burguesía que se

ha hecho a sí misma, casi de la nada- hay, sin duda, la intrepidez de los pioneros. Tuve

trato con algunos capitalistas o semicapitalistas de Mexicali: por el contrario de otros

–digamos los de Monterrey-, no pretenden ningún blasón de aristocracia y en ellos vive

aún el aliento del pueblo: apenas hace unos diez o quince años ellos trabajaban, curvados

sobre la tierra. El hombre que llega a Mexicali para “hacer dinero” piensa durante el

primer tiempo que, en cuanto lo haga, saldrá de la región para establecerse en cualquier

otro sitio. Pero hay algo que lo detiene, algo mágico o extraño que le hace, finalmente,

tener amor por esa tierra inamorosa, dura. Y ahí queda bajo el cielo sin nubes y sin lluvias,

de pie sobre las extensiones de algodón floreciente.

Ese algodón floreciente es el sortilegio, el narcótico de la región, su vida actual y su

peligro. De cien agricultores, noventa prefieren sembrar algodón, con lo cual están

haciendo del valle de Mexicali un sistema de monocultivo, mortal para el futuro. Pero el

algodón, por ahora, es lo que da dinero. Cuando llega la cosecha, el centro de la ciudad –la

Avenida Madero, que es donde se encuentran los bancos- se llena de una multitud

abigarrada, satisfecha, alegre. Colonos, ejidatarios, braceros, todos ocurren a depositar

dinero a los bancos y en sus gestos, de conquistadores, tal vez con un ligero tono de

aturdimiento y de sorpresa.

Para usar un término indulgente, diré que en el resto de México comprendemos

poco a Baja California. En realidad, no la comprendemos, y nos aparece como un territorio

poco menos que deshabitado, con gente que vive arañando la tierra, aislada, sin

orientación y sin sentido. Círculos interesados de México, por ejemplo, han inventado la

especie de que en Baja California existe un interés profundo y casi unánime en el sentido

de que el territorio norte se eleve a categoría de entidad federal, con todos los derechos y

prerrogativas.

Pero fuera de Tijuana, en donde una estación de gasolina lleva el nombre de El

Estado Libre, para indicar, seguramente, las inclinaciones de su propietario, no encontré

en todo el norte de Baja California una auténtica tendencia hacia la soberanía

constitucional. El “estado libre” significaría para Baja California, desde luego, la aparición

de un problema nuevo: el de los políticos. Y Baja California se la pasa muy bien sin los

políticos. En cambio, sí hay una fuerte, justificada y necesaria inclinación hacia el

establecimiento de municipios en cada lugar donde sea posible. El pueblo bajacaliforniano

comprende que el municipio, como núcleo básico del ejercicio ciudadano, resultaría de

gran utilidad. Y esta aspiración, que es sentimiento general de todos los habitantes, se

manifiesta en todo momento, surge en las conversaciones y aflora en los mítines de todas

las sociedades.

Repito que no comprendemos a Baja California y que no comprendemos los

interesantes y novísimos fenómenos que se gestan actualmente en su seno. Ahí trabajan

hombres de todo el país: de Guanajuato, de Michoacán, de Aguascalientes, de

Tamaulipas, de Chiapas, de Yucatán, de Jalisco, y desde luego, de Sonora. Trabajan como

no lo hacen en su propia tierra, es decir poniéndose en contacto con problemas del todo

distintos a los que se confrontan en sus respectivas “patrias chicas”. Se encuentran en

primer lugar con una tierra barata y libre, sobre la cual únicamente hay que poner el

esfuerzo y la voluntad humanas. Antiguamente la Colorado River Land era la dueña y

señora. El inmenso feudo del valle de Mexicali –en1898 apenas una vasta extension sobre

la cual se elevaban dos o tres casuchas que constituían la “posta” de ganado- fue

adquirido por la Colorado River Land Co., a precios escandalosamente bajos y merced a las

concesiones que don Porfirio Díaz hizo a las famosas compañías deslindadoras. Fue

precisa la energía del general Cárdenas para que esas inmensas propiedades pasaran a

manos de la nación y de ahí a las trabajadoras, esforzadas y entusiastas de ejidatarios y

agricultores. Tal vez el carácter de los agricultores. Tal vez el carácter de los agricultores

–que tienen todo el tipo de moderno agricultor capitalista, enérgico, sin prejuicios y liberal

en sus ideas- se deba, más que nada, al hecho de que constituyen una clase creada

justamente por la revolución.” (1)

FUENTE CONSULTADA:

1) José Revueltas, Visión del Paricutín (y otras crónicas y reseñas), Obras completas

No. 24, Era, México. 1983.

*) Licenciado en Administración Pública y Ciencias Políticas por la Facultad de Ciencias

Sociales y Políticas de la UABC y, en Historia por la Facultad de Ciencias Humanas de la

UABC. Investigador del Archivo Histórico del Municipio de Mexicali.