Comadres y compadres

Bastaron unos cuantos meses para que la unidad de la nueva clase política de Baja California comenzara a resquebrajarse.  Convencidos unos y oportunistas otros, llegaron al poder sin hacer realmente gran cosa, les bastó subirse a la marea popular del presidente López Obrador.    

Durante los primeros dos años, los que encabezó Jaime Bonilla, no hubo más agitación que la que producía el propio gobernador con sus cotidianas amenazas, ataques y ajustes de cuentas.  La relación amistosa y los compromisos entre el presidente y el entonces gobernador hacían pensar que Morena se erigía como una fuerza monolítica en Baja California.  Sin embargo, tan pronto ganaron la primera elección y llegaron los nuevos gobiernos, se hicieron visibles dos corrientes con distintos conceptos y perspectivas políticas.

Jaime Bonilla, molesto por no haber podido modificar las leyes para permanecer más tiempo en el poder, dejó sembrados a algunos de sus incondicionales en las estructuras de gobierno, con la intención de seguir manipulando.  No parece que siga dando órdenes, pero ruido sí hace.

La llegada de Marina del Pilar Ávila al gobierno trajo nuevos aires y la posibilidad de una política más inclusiva y menos beligerante.  Las formas cambiaron de inmediato, aunque en el fondo ambos, Bonilla y Ávila, dicen coincidir con el proyecto reformador del presidente.  La gobernadora le devolvió al turismo y el medio ambiente la importancia que tienen y le retiró a la fiscalía general algunas de las múltiples atribuciones que Bonilla le había otorgado.  El abogado Guillermo Ruíz Hernández decidió renunciar al cargo, al cambiar las reglas del juego.  

Fue entonces que se hicieron evidentes las diferencias entre la gobernadora y la alcaldesa de Tijuana.  Montserrat Caballero se opuso a la creación de la Secretaría estatal de Seguridad Ciudadana; su negativa no fue definitoria, porque cuatro ayuntamientos aprobaron el proyecto de la gobernadora, pero siendo Tijuana el municipio con mayores problemas de violencia, la diferencia de opiniones sí podría obstaculizar los deseados propósitos de pacificación.

En eso estábamos cuando surgió la diputada Araceli Geraldo con su iniciativa de dividir Tijuana en dos municipios; una propuesta que, así como la plantea, difícilmente resolverá los problemas de la ciudad, pero que ha servido para enfriar más la álgida relación entre Ávila y Caballero.  En una declaración a los medios, Montserrat reconoció que "sería una mentira si les dijera que somos comadres".

Tuvo que venir el presidente López Obrador y pedirles que se abrazaran públicamente para que ambas enviaran una señal de que pueden trabajar en objetivos comunes.  En cuanto a la seguridad, la visita del presidente no hizo más que aparentar que su gobierno tiene una estrategia (aparte de abrazar a los criminales) y que Tijuana se encuentra entre sus prioridades.  Quisiera equivocarme, pero intuyo -por lo que hemos visto- que la violencia y la inseguridad continuarán.

En cuanto al señor Bonilla, fiel a su arrogante personalidad, continúa dándose importancia y visitando la Ciudad de México para cabildear su futuro político.  Pronto confirmaremos de qué tamaño es su relación con el presidente.