El brillo que no se ve detrás de la alfombra roja

Porque detrás de cada gran escenario también existen dudas, cansancios, vacíos y búsquedas personales

La semana pasada comenzó una nueva edición del Festival de Cannes y, como cada año, el mundo volvió a detenerse frente al espectáculo del cine, las cámaras, los vestidos impecables y las historias que ocupan titulares alrededor del planeta. Durante algunos días, pareciera que la humanidad entera mira hacia la misma pantalla buscando emoción, belleza y sentido. Sin embargo, mientras observaba las imágenes del festival, pensaba en cómo muchas veces vivimos intentando sostener una versión luminosa de nosotros mismos frente al mundo, mientras silenciosamente atravesamos procesos internos que nadie alcanza a ver.

Porque detrás de cada gran escenario también existen dudas, cansancios, vacíos y búsquedas personales ¿Lo has sentido?. Detrás de muchas sonrisas públicas habitan seres humanos intentando comprender quiénes son realmente cuando se apagan los reflectores. Vivimos en una cultura profundamente enfocada en la apariencia en donde aprendimos a construir versiones editadas de nuestra vida, a compartir momentos felices y a ocultar aquello que sentimos vulnerable o incompleto, pero llega un momento en el que el alma comienza a pedir algo distinto y quiere paz interior.

Tal vez por eso tantas personas, aun alcanzando reconocimiento o éxito, siguen sintiendo una conversación pendiente consigo mismas, porque el verdadero vacío aparece cuando dejamos de encontrarnos con nuestra esencia. Eso mismo me pasó a mí en algún momento de mi vida y le dio un giro a mi existencia.

El cine tiene algo profundamente espiritual y es que nos recuerda que todos estamos interpretando algún papel en esta existencia. Algunos personajes nacen desde el miedo, otros desde la necesidad de aprobación y otros desde heridas que todavía buscan ser vistas, hasta que llega un instante sagrado donde la vida nos invita a preguntarnos quiénes somos y cuando dejamos de actuar para otros.

Y quizás ahí comienza la verdadera libertad.

La alfombra roja termina, las luces se apagan y los escenarios cambian, pero la relación que construimos con nosotros mismos permanece. Por eso, el mayor reconocimiento que podemos alcanzar a veces ocurre en silencio, cuando logramos mirarnos honestamente y sentir que ya no necesitamos convertirnos en alguien distinto para sentirnos valiosos.

Dios es amor, hágase el milagro.

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