El mes de la patria.
Desaparecieron las banderas verde, blanco y colorado, los colores de la patria se apagaron y sin pena ni gloria pasaron las fiestas patrias. La pandemia y sus nuevas normalidades extinguieron no sólo los fuegos artificiales sino también la efervecencia y la parafernalia que conllevan las fiestas de la Independencia. No quedó nada, sino el sabor amargo de una demanda al gobierno municipal por haber encendido cinco minutos de pirotecnia que sólo se vio a través del internet pero que a decir de los demandantes, fue un atentado a la salud de los mexicalenses.
La historia es una asignatura en la currícula de todos los programas escolares, nacional o universal, la historia, durante años ha sido tan mal manejada que a casi nadie le gusta y casi nadie la aprende. La confusión entre los héroes de la Independencia y los de Revolución es patética; entre Hidalgo y Pancho Villa, Morelos y Venustiano Carranza, se ha hecho un coctel desabrido, insulso y mentiroso, una lista de nombres y fechas y verdades a medias, omisiones terribles y sobre todo ausencia de datos e historias que se han ido perdiendo a través del tiempo. La Independencia de México reducida a la anécdota de un cura que enarbola una bandera con la virgen de Guadalupe, todos los indígenas salen a luchar y corren a los malditos españoles. Es todo.
Para entender la Independencia es necesario conocer la historia de este país que durante trescientos años vivió sometido. La parte más oscura de la vida de México es la que corresponde a los indígenas y su destrucción, ése, nuestro glorioso pasado, rescatado por historiadores a pedazos y fragmentado por versiones opuestas, se debe a que los españoles acabaron sistemáticamente con ciudades, obras de arte y códices, fue el método utilizado para oscurecer toda la gloria indígena. Tenochtitlan quedó casi totalmente destruída en la gran batalla final en 1521, lo mismo hicieron en otras ciudades como Texcoco. Uno uno fueron destruyendo todos sus templos, hacia 1580 ya habían sido destruidos todos incluyendo el fabuloso palacio de Netzahualcoyotl.
Pero además contribuyeron a este desastre, las epidemias que despoblaron las ciudades. Las normas culturales, los métodos de organización y en general todo lo indígena fue ridiculizado y despreciado. Los escultores fueron vistos como herejes fabricantes de ídolos y entonces tuvieron mucho cuidado de practicar su oficio y los pintores cambiaron su ocupación por falta de muros que decorar. De la gran obra hecha por los orfebres casi no quedó nada, pues las joyas fueron fundidas y el metal enviado a España.
Y la naturaleza también se afectó mucho, grandes extensiones de bosques fueron arrasadas para construir las nuevas ciudades, además los españoles no comprendieron la importancia de las obras de conservación realizadas por los indígenas como los sistemas de ingeniería hidráulica que regulaban el flujo de las aguas de Texcoco y también las destruyeron.
El aplastamiento de la cultura indígena fue total, Hernán Cortés decretó la esclavitud para los aztecas, los excesos y la brutalidad han sido descritos pero se han quedado cortos y aunque en los archivos coloniales existen muchos documentos testimoniales que comprueban que los indios se quejaban de que los maltrataban, les robaban sus tierras y pedían el amparo del rey, la pregunta que nos hacemos es ¿Por qué, si siempre fueron la mayoría de la población no se sublevaban y aniquilaban a sus opresores?
Desconocer nuestra historia es inaceptable, pero lo es más el avergonzarnos de ella. La gloria de nuestro pasado indígena no existe, tanto que la palabra indio se ha degradado y se usa para ofender como si fuera sinónimo de un ser inferior. Esto se debe fundamentalmente a la mínima importancia que se le da a la historia. Conocerla nos llenaría de orgullo y elevaría nuestra estima y nos sentiríamos más orgullosos de nuestra mexicanidad que es la conjunción de lo español con lo indio, y digo indio, en el más orgulloso sentido de esta palabra.
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