Juárez y el presidencialismo mexicano

El día de hoy se cumplen 216 años del natalicio de Benito Juárez, lo que nos da el pretexto idóneo para reflexionar, de manera libre y objetiva respecto a este importante personaje de la historia de nuestro país.

    Al personaje de Benito Pablo Juárez García se le ha atribuido un aspecto místico que como es natural, no se apega del todo a la realidad.

Los libros de texto nos cuentan la historia del humilde pastorcito indígena nacido en Guelatao, Oaxaca que, por diferentes circunstancias, luego de atravesar todo tipo de adversidades, sale adelante hasta convertirse en presidente de México.

    La creación del mito de Juárez se origina en la imperante necesidad que tenemos los mexicanos de contar con un héroe que represente la fortaleza reformadora del surgimiento de un nuevo régimen nacional que se distinguiese, sobre todo, de aquel todavía reciente colonialismo español.

    Quizá sea Juárez el primero de una larga lista de caudillos mexicanos que han ocupado la silla presidencial.

    Ese culto a la personalidad que ha caracterizado a la política mexicana sigue hasta nuestros días compitiendo por sobre la soberanía de las instituciones.

El gobierno del presidente Juárez se caracterizó por ser de claroscuros. Desde una sufrida lucha contra “soberanos” extranjeros, hasta una crueldad extrema para con los vencidos y, desde unas brillantes Leyes de Reforma, hasta el siniestro Tratado McLane-Ocampo, por el que, en apariencia, se cedía parte del territorio del país a los Estados Unidos de América.

El presidencialismo mexicano, un tanto autoritario, cuya instauración se atribuye a Juárez, se ha impuesto hasta el día de hoy como un paradigma que privilegia la perspectiva personalizada e idiosincrática del ejercicio del poder centrado en el individuo sentado en la silla presidencial.

La permanencia de este modelo de gobierno de facto en nuestro país tiene un importante componente cultural. Los mexicanos estamos ávidos de ser salvados y protegidos por un redentor todo poderoso que nos cuide y resguarde de los peligros y desgracias.

Por eso es que solemos depositar toda nuestra confianza y esperanza en la figura particular del individuo en el que recae la titularidad del poder ejecutivo, dándole poderes prácticamente ilimitados, esperando que resuelva todas nuestras carencias y necesidades.

    La inestabilidad de todo gobierno recae en la falta de confianza y ausencia de continuidad en sus instituciones.

La historia nos ha enseñado que el modelo de gobierno basado en el culto al caudillo genera decrecimiento, menoscabo económico y desigualdades sociales exacerbadas, privilegiando a los pocos oligarcas, amigos y parientes que gozan de la gracia y favores del gobernante en turno, con inmensurables y catastróficas consecuencias en el grueso de la población, sobre todo en aquellos que se cuentan entre los más vulnerables.

Le corresponde a nuestra generación, como hijos de las tecnologías de la información, conscientes e informados, el juzgar los actos de nuestros gobernantes pasados, para así poder partir de bases sólidas al hacer un análisis concreto y real de nuestros gobernantes actuales y con ello, estar en condiciones de tomar decisiones que vayan alineadas a la defensa de nuestros derechos y, contribuyan así, a la constante construcción de un mejor país en donde impere el respeto y observancia de las instituciones y del Estado de Derecho.

Como siempre un placer saludarlo esperando que estas pocas letras hayan sido de su agrado y, sobre todo, de utilidad ¡Hasta la próxima!