LA EMPRESA ANTE EL COVID
La empresa es una movilización de personas que aportan recursos materiales e intelectuales para
conformar un mecanismo de desarrollo integral de quienes participan directamente en ese
esfuerzo y una contribución sustancial al bien común, mediante su permanencia en procesos de
producción o distribución de bienes y servicios.
Es común identificar a la empresa con sus elementos materiales, que tienen propietario, como
todo bien patrimonial: capital, edificios, inventario, máquinas. El propietario entonces se siente
dueño de la empresa. Es lenguaje común del dueño de los “fierros”, decir: mi empresa, mi
negocio, mis trabajadores. Este concepto absoluto se ha ido matizando; el empresario moderno lo
sabe insostenible; no se manda solo, tiene que atender reglas de operación que le imponen la
autoridad o el mercado, no solo insoslayables legalmente, sino en función de la propia existencia
de la empresa. También delimitan la actividad de la empresa, disposiciones que protegen al
consumidor, que establecen la participación del fisco, aquellas que regulan la actividad en función
de la protección del medio ambiente, entre otras.
La interacción de factores sociales y materiales determina que nadie puede decirse “dueño” de la
empresa. Aparte del capital y el trabajo, son todos los demás. Al ser aportados a una empresa se
funden en esa entidad y resultan parte de ella. Tanto se aporta una máquina utilizada en la
empresa como se participa con el trabajo humano empleado.
Importante la participación del consumidor, cuya preferencia o desaire es fundamental para la
permanencia, elemento sustancial y esencial de la empresa. Destaca el papel del fisco, sin cuyo
interés, vigilancia e intervención, no podría sufragarse el gasto público, necesario para la vida de la
empresa y del resto de la sociedad. El importantísimo rol de la naturaleza, el medio ambiente,
cuyo respeto es esencial para la vida humana, ya no decir de la propia empresa.
Nadie es “dueño” de la empresa, porque todos somos dueños. Todos estamos interesados en su
aportación a la vida de la comunidad. En el momento que alguno de los factores se debilita o deja
de hacerse sentir en esa “movilización”, la empresa decae y puede desaparecer, con lo que
claudica su razón de ser: la “permanencia”.
Empresa que no responde a las necesidades de la sociedad, desaparece o debe desaparecer, para
dar lugar a otra combinación que sea congruente con la evolución de la sociedad.
Una empresa que no satisface los requerimientos de la sociedad, descuida el medio ambiente, no
reditua justamente a los inversionistas, carece de una estructura de salarios adecuada a su
aportación, no se allega administradores capaces y honestos, no tiene buen trato con los
consumidores, puede funcionar, pero tarde o temprano desaparece. La historia se encarga de
hacerla añicos y retirarle su elemento esencial: la “permanencia”.
El emprendedor realiza una combinación productiva y merece una remuneración proporcional a
su aportación, pero esto no necesariamente lo legitima como dictador. No puede hacer lo que se
le pegue la gana. Los trabajadores tienen derecho a una remuneración proporcional a su
contribución, pero no puede su sola voluntad decidir el resultado de la empresa, porque no son los
únicos que contribuyen a ella. Igualmente, si el fisco se excede en su exigencia, destruye el
equilibrio productivo. Hasta los consumidores están limitados ya que el desabasto es el castigo de
una pretensión distorsionada.
La productividad es un concepto holístico y no se expresa unicamente en el resultado económico
de una actividad. Un aserradero que tala un bosque no será productivo así haga millonarios a sus
inversionistas. Una fábrica que finca sus utilidades en un esquema ruin de salarios tampoco es
productiva, así presente estados financieros exitosos. Un sindicato que hace caciques a sus
dirigentes, que exige prestaciones ruinosas para el conjunto, tarde o temprano hará cerrar a la
empresa.
La pregunta de los millones será quién podrá establecer un esquema justo para cualquier
empresa, que beneficie a todos sus miembros y logre su destino: la “permanencia”.
Cuando hay una emergencia sanitaria como la que estamos viviendo, el factor humano y su salud
cobran importancia plena y sobreseen a los demás. Por ello, así se tenga que detener la
producción o la distribución, así se tengan que cerrar las puertas, perder mercado, así se pierdan
ventas, así se pierdan mercancías, se tiene que anteponer el valor supremo de la condición
humana y social, que hay que preservar a toda costa, ya que es el elemento principal de la
empresa y de la sociedad en general.
El argumento de que habrá que despedir trabajadores para preservar la empresa no es
necesariamente válido. Primero habrá que sacrificar otros elementos. Cuando se está hundiendo
el barco, primero se tira la carga y se desocupan las bodegas para salvar a los tripulantes y otros
pasajeros. No se empieza por arrojar a los pasajeros al mar con el fin de salvar la carga.
Cobra sentido el pedir a las empresas que conserven las condiciones de los trabajadores. ¿Hasta
cuándo? Hasta donde se pueda. Nadie está obligado a lo imposible y si la empresa es de todos, a
nadie le conviene que desaparezca; su principal objetivo es la permanencia. Todos tenemos que
poner una parte. Todos somos dueños.