LA ESCALADA

El Güero “bobcat”, conocido con ese apodo, por que solía vender estas barras de dulce, que entiendo ya no existen, estaba observando un partido con sus dulces en las piernas, cuando se acercó el Güero Nansen y expelió estentóreamente un gas en dirección a la caja de “bobcats”. Luego festinó burlesco, humillando al pobre niño dulcero, que, lloroso, veía disminuido el atractivo de venta de su producto por aquella contaminación. 

Esto sucedió hace muchos años; unos setenta y tantos, cuando un grupo de chamacos estábamos jugando o viendo jugar beisbol en la esquina suroeste del jardín de niños Federico Froebel. En ese entonces no abarcaba toda la manzana; quedaban unos trechos baldíos que la raza utilizaba para jugar. 

Entonces, cual caballero andante, enderezando tuertos y desfaciendo agravios, se acercó el Víctor Márquez; reprendió al Nansen y hasta intentó castigarlo. No contaba con la presencia del Cayunio, que defendió al güero Nansen y enfrentó al Víctor dejando en evidencia su superioridad física. 

Ante estos hechos, algún acomedido llamó a un pariente del Víctor, un gordo bravucón que llegó resoplando y amenazando al Cayunio, que se replegó ante la desventaja que presentaba su posición.

Seguramente otro acomedido llamó al Pato Alonso, ex boxeador y guerrero del barrio, que tenía la medalla de honor de haber alojado una bala en algún pleito. Este llegó como superhéroe, avaló la postura del Cayunio y ahí se puso punto final a la controversia, sin lanzarse golpe alguno.

Esta experiencia, cuando tenía 8 o 9 años de edad, me dejó varias lecciones que han marcado mi vida. 

Una de ellas es que cuando alguien invade la esfera de otro, ya sea física o psicológica o de cualquier índole, implícitamente está otorgando permiso para que el otro también lo haga y se encuentre legitimado para agravar la ofensa. Es decir, tu diez y diez más. Este proceso perverso de escalada, puede terminar, como de hecho lo hace muchas veces, en tragedia. De la falta de respeto se pasa a la ofensa, de ahí al insulto, luego el empellón, los golpes y termina con los balazos.

Alguien tiene que romper la cadena y ahí viene la otra lección. El principal obstáculo para dejar las cosas por la paz es que se considera vulnerado el elemento del honor que muchas veces es más preciado que la misma vida. ¿Pero, cómo? ¿te vas a dejar?

Entonces, la humanidad ha diseñado métodos de convivencia y de solución de conflictos. Alguien debe tener la última palabra. En la mejor de las situaciones, las mismas partes contendientes conciertan como caballeros las reglas de ventilación del diferendo y acatan el resultado, así les sea adverso. En algunos casos se sientan a una mesa de conciliación. En otras, lo someten a un mediador o árbitro y desde luego siempre está la majestad del juez, que para eso es, para resolver controversias con las herramientas de las leyes, la argumentación, la lógica, la justicia y equidad.

Lo que diga la Corte, se escucha en muchas ocasiones, ante la diversidad de opiniones y de posturas. Esto es bueno. Lo extraño es que los países, de hecho, los más desarrollados, han fincado su proyecto de paz, en el acopio de armas, en lugar de someterse a un tribunal internacional. Sus presupuestos gigantescos han desarrollado formas de exterminio que no hubiéramos podido imaginar hace un siglo. Los principales líderes mundiales gustan de externar que tal o cual agravio se habrá de vengar, que esto no se quedará así. Utilizan la amenaza como forma de política externa y actúan exactamente igual que el Güero Nansen, el Víctor, el Cayunio o el Pato Alonso. 

Avanzados, visionarios e “influencers” eran los muchachos de la Lerdo, donde he vivido la mayor parte de mi vida, que han inspirado a los líderes más poderosos del planeta.