La satanización del lucro

Sociedad y derecho

La doctrina del cristianismo, desde sus inicios, se esforzó por

marcar una patente diferenciación con la ideología del judaísmo,

distinción que se comprende necesaria para lograr su emancipación y

autonomía como una religión diferente a aquella.

 

De tal forma que, el Dios de los judíos es más temperamental,

bélico y vengativo que el que se describe en el nuevo testamento, el

cual abraza más el pensamiento bondadoso, comprensivo y de perdón

de los pecados mediante el arrepentimiento sincero.

 

El socorro a los pobres, necesitados y desvalidos, se convirtió en el

dogma que caracteriza y define al buen cristiano o católico y, por el

contrario, el enriquecimiento y la acumulación de fortuna, en la

definición de maldad, egoísmo y codicia que identifica a los judíos.

Este modo de pensamiento permeó profundamente en la cultura

occidental, a tal grado que, por mucho tiempo, durante la hegemonía de

la Iglesia-Estado en los reinos de la edad media y ya entrados en el

renacimiento, eran castigados quienes se dedicaban a prestar dinero a

cambio del pago de intereses, pues se consideraba un grave pecado. A

ello se debe, en gran medida, que en aquellas culturas, como la judía,

en las que no se ve mal la acumulación de riqueza, por mucho tiempo,

hayan dominado la actividad financiara mundial.

 

En la actualidad, en los países con políticas económicas de libre

mercado, la obtención de lucro (ganancia generada por actividades

mercantiles), no sólo es permitida, sino que consiste en una real

obligación para el Estado el alentarla y apoyarla. México no es la

excepción, teniendo incluso, elevado a rango constitucional, el Derecho

Humano al “crecimiento económico”, previsto en el artículo 25 de

nuestra Carta Magna.

 

No obstante, en nuestro país, en la actualidad, un alto porcentaje

de la población, continúa santificando la pobreza y satanizando la

riqueza, lo cual pone de manifiesto los remanentes de aquel

pensamiento religioso, hasta cierto punto anacrónico, pero que se

encuentra hondamente arraigado en nuestra idiosincrasia.

En un país con una avasallante mayoría de personas en situación

de pobreza, necesidad y de católicos practicantes, el discurso político y

populista, que denosta y difama a las empresas por su capacidad de

generar lucro, germina como semilla en campo fértil.

 

Pero no nos equivoquemos, las empresas no son el enemigo del

pueblo, al contrario, son el motor que mueve al país, generan bienestar

económico y satisfactores sin los cuales, ningún sistema de gobierno

podría subsistir.

 

Como siempre un placer saludarlo, esperando que estas pocas letras hayan