LA VERDAD
“La verdad triunfa por sí misma, la mentira siempre necesita complicidad”. Epicteto de Frigia.
A aquella persona que se conduce con verdad, se le respeta, se le aprecia y se le reconoce como honorable, pues dos aspectos inherentes al honor son precisamente la franqueza y la sinceridad. Por lo contrario, a las personas que hacen de su vida una farsa o que mienten constantemente, tarde o temprano se les ve con recelo, con rechazo, con repudio y hasta con desprecio.
Es la verdad un valor digno por excelencia y quien la practica está honrando a Dios, a sí mismo, a su familia, a su comunidad, a su país y a la humanidad. Uno de los pecados capitales que el cristianismo contempla, es la mentira.
Los profetas o mesías de muchas religiones siempre han pugnado porque sus seguidores se conduzcan con decoro y con veracidad, porque solo con la verdad y nada más que con la verdad se puede asegurar que se es buen creyente, buen religioso, o bien, buen ciudadano y buen ser humano.
Siempre han existido la mentira y la falsedad como antivalores en la vida humana. Siempre ha existido también la verdad como sinónimo del bien y como un valor altamente apreciado por la sociedad.
Desafortunadamente en la actualidad, la mentira se ha enquistado en nuestro tiempo como una manera de ser de muchas personas que se desempeñan en diversas actividades de la vida humana. Es la mentira un mal que ha existido a lo largo de la humanidad.
Y es que, en la política se miente para ganar elecciones. Se miente para desviar recursos. Se miente para engañar y traicionar. Se miente y se miente. El hecho es ganar a costa de lo que sea, inclusive hasta de mentir, para atracar y enriquecerse. Lo grave es que la gente lo permite lastimeramente, pues tiene la necesidad de creer ya que vive de esperanzas, y el político perverso lo sabe y se aprovecha en consecuencia.
En las empresas se miente para crecer, para competir y para ganar y dominar. En las escuelas mienten los alumnos -cuando copian- para aprobar exámenes. En los deportes mienten los atletas cuando se dopan. En las iglesias mienten algunos “dizque-fieles”, al jurar a dios buen comportamiento, cuando en realidad viven cometiendo pecados a diestra y siniestra, con la lengua y con sus acciones. También mienten los ministros del culto cuando roban las limosnas, el diezmo, o abusan de niños o de fieles impunemente.
La mentira ha sido parte fundamental de los estragos que sufren en la actualidad las naciones, por eso están las cosas como están. Por eso es que los países y los pueblos sufren crisis recurrentes y devaluaciones, y padecen pobreza, miseria y desigualdad. Por eso es que hay tanta infelicidad.
La presencia constante en la vida de los seres humanos del antivalor llamado mentira es lo que tiene al mundo de cabeza. Es la que ha sumido a la mayoría de los seres humanos en el mundo de la desigualdad y el desamparo.
Así es, tal y como lo dijo Jesucristo: “la verdad los hará libres”. Así es que, de continuar practicando la mentira, se estará desdeñando la verdad, valor universal ético y moral libertador, cuyo ejercicio y preeminencia en la vida de la humanidad debe ser una realidad para que las cosas cambien en favor de todas y todos.
La verdad como virtud que es, se erige como una necesidad para que las cosas mejoren en todo sentido. Si se miente a los padres, a los hermanos, a los amigos, a los compañeros de política, a la pareja, a los hijos, o a todos, como algunos lo hacen, se estará inclinando la balanza hacia el eje de mal. Se estará contribuyendo a que las cosas empeoren y que cada día sea más difícil resolverlas.
Por el contrario, si la verdad es parte de la vida y se practica a diario y en todas las actividades; si se adopta la verdad como estilo de vida, entonces las cosas cambiarán y serán mejores. Con la verdad todas y todos seremos impulsores de una mejor sociedad, porque el ejercicio de este valor universal, será una fuerza tremenda que inclinará la balanza hacia el eje del bien. Si amamos y vivimos la verdad, estaremos impulsando el humanismo, la justicia social y la felicidad para beneficio de la humanidad.
La verdad libera a los pueblos y a las personas. Pero como todo valor, para exigirlo hay que practicarlo. No se puede demandar que las personas se conduzcan con verdad cuando se miente, o cuando la vida de quien exige la verdad, es una vil mentira. En serio, en la vida se vive mucho mejor, se evitan problemas y se es mucho más feliz; cuando se vive con la verdad. La verdad como valor dignifica a la persona humana y la sitúa en el plano de la excelencia. Sea veraz y será muy feliz. Ya lo verá. Muchas gracias.