La vida es un proceso

Desde la Lerdo

La vida es un proceso, reflexionaría Chiovenda, cuando diseñaba su obra Instituciones de Derecho Procesal, y seguramente comentaría esa visión transitiva con Piero Calamandrei y Francesco Carnelutti, que componían el trío de gigantes procesalistas cuyos nombres, hasta hace pocos años, cuando menos, iluminaban nuestro aprendizaje jurídico.

Imagino que Chiovenda y su pandilla habrían pasado innumerables obstáculos en la Italia del principio de siglo XX, cuando en su vida madura afloró el fascismo, sistema controlador de la vida pública y privada de los ciudadanos, que fue derrocado por una en cierta medida hipócrita propuesta libertaria que ha demostrado, si no ser tan nefasta como esos regímenes totalitarios y autoritarios, sí muy lejos de ser la panacea que vendieron al mundo “libre” durante y después de la XX guerra. En la Italia fascista, como en la Alemania nazi y en la época estalinista, las universidades y la judicatura se cuidaban muy bien de no pasarse de la raya institucional de interpretación a riesgo de ser purgados. Los juristas y más particularmente los jueces, son muy susceptibles a los regímenes autoritarios y a la delincuencia organizada. A nadie puede exigírsele el martirio y la complacencia es muy humana, si no heroica. Pero este es otro tema mucho más intenso, ideológico, político y sensible, aunque menos fundamental que el filosófico que modestamente trata esta columna.

La vida, como el proceso legal, cuando menos el civil, tiene compuertas que administra el poder judicial mediante acuerdos, decretos, interlocutorias, sentencias definitivas, recursos, examen de constitucionalidad y ahora de convencionalidad, desde que los tratados internacionales pasaron de ser buenos deseos complacientes para alimento demagógico, a verdaderas reglas equiparables a la constitución.

Los litigantes, desde sus inicios, desde el primer revés sufrido en los tribunales, así sea un simple rechazo de una promoción, el ocultamiento de un expediente, el desechamiento de una prueba, hasta un laudo o sentencia definitiva en contra, aprenden a digerir la adversidad a sabiendas que el juego no termina ahí, sino que son piedras en el camino, en el proceso, que van conformando el carácter del postulante y lo preparan para la vida fuera de los juzgados.

Es verdad sabida que la mejor educación es el sometimiento a las pruebas cotidianas, prudentemente administradas y controladas por padres y maestros, donde la persona desde la niñez va formando una mentalidad de búsqueda de soluciones. Los amantes del futbol americano argumentan emotivamente que ese deporte, con su alta exigencia física, mecánica compleja y competitiva es orientador de trabajo en equipo y formación de personalidad seria. Por el contrario, una de las críticas más certeras y terribles que se hace a los milenials es que son una generación protegida por padres y la sociedad entera y aportan poco al desarrollo de la comunidad en que viven.

El litigante es un luchador, es un guerrero, como se dice ahora. Es un peleador y el resultado de una larga carrera de litigio generalmente desemboca en una recia personalidad que no se arredra ante la adversidad económica ni sentimental. Como en todo, hay excesos, el litigante en algunos casos termina siendo un pendenciero que a la primera provocación estalla en conducta antisocial, contra el vecino, contra la pareja, contra la autoridad. Pero esto es la desviación de la regla y no hay aprendizaje perfecto.

Lo importante es que la vida es un proceso, en el que en ocasiones nos dan palo y tenemos que responder a esa bofetada por los conductos legales, por los recursos que nos proporciona la ley. La persona exitosa busca la manera de solucionar los retos que la vida le impone, en ocasiones injustamente a través de personas bien o mal intencionadas, ignorantes, manipuladas o simple y sencillamente cuando los procedimientos establecidos no compaginan con el propósito que tenemos para determinada misión. El litigante aprende que en ocasiones hay que ceder; otras, convenir; unas más en aceptar algo inmediato en aras de una visión de más trascendencia. El buen litigante no se aferra, ni a una posición jurídica ni emotiva. Siempre sabrá negociar para lograr un fin último.

Por eso pienso que la carrera de derecho y el ejercicio, así sea transitorio, del litigio en tribunales es la mejor manera de enfrentar la vida, que sin duda es un proceso, como diría Chiovenda.