Las novelas

PERSPECTIVA

Ahora ya no creo en las casualidades, estoy cada vez más convencida de las razones de las sinrazones. Cuando mi padre puso ante mí aquel libro de tapas gruesas, color verde oscuro, que aún parece que estoy viendo, no supo él o no supe yo, que la vida tal cómo la había conocido en ese momento tomaba otra perspectiva y que a partir de allí se abrirían para mí todos los caminos de la imaginación y qué por ende, la desgracia de lo cotidiano podría ser evadida.

El libro era Al Este del Paraíso, de John Steinbeck, lo escribió ahora lo sé en 1952, este escritor norteamericano, Nobel de literatura, me cambió el destino. La novela, complicada, realista, apasionada, me hizo entender que el mal existía como tal y no tenía límites. En Al Este del Paraíso, conocí a Cathy Ames, una mujer desalmada y maldita que hizo cosas horribles incluso a sus propios hijos. Yo tenía once años cuando empecé a leer esta novela, cuando la terminé mi edad biológica era la misma, pero la otra, la edad emocional, calculo que sería ya de veintitantos. Después de conocer a Cathy Ames, ya pude soportarlo todo, incluso a mi madre.

Y es que caben en mí muchas más vidas que la que tengo, la única manera de vivirlas ha sido a través de la lectura de novelas y a pesar de la terrible experiencia con la Cathy Ames, conocí y dejé que me influyeran y convencieran otros personajes que se quedaron para siempre conmigo, desde Gregorio Samsa hasta Scout Finch, que nada que ver tienen entre ellos, pero ahí andan siempre aconsejándome. Fui Laura Avellaneda y después Fermina Daza, personajes que han sido la otra yo que no se manifiesta pero que está allí, siempre.

No concibo mi vida sin leer novelas, y me cuesta trabajo entender como mucha gente puede hacerlo sin ningún problema. Supongo que están perfectamente conformes con sus yos y sus cotidianidades, aunque me pregunto, ¿Habrán leído alguna novela siquiera?  No lo creo, porque una vez que lo haces, ya no puedes dejarlo. Eso creo, pero quizás estoy equivocada y me miento.

Los detractores de este género literario han argumentado siempre eso, que en las novelas se miente y se distorsiona la realidad. Pues sí, eso obvio e insisto, a quién le alcance la realidad para vivir, pues que no lea.

Pero si ese argumento de vivir las otras vidas que nos faltan no es suficiente para muchos, podría darles otras razones más prácticas de lo bueno de leer. Porque los libros afinan nuestra sensibilidad, porque aprendemos a mirar, a oír, a gustar y a tocar y con eso observamos el mundo, por la competencia lingüística que se mejora notablemente y por lo tanto nuestra inteligencia y son tantas las transiciones, porque con las líneas dramáticas y los nexos narrativos, aprendemos a ordenar la mente y nos volvemos más rigurosos en nuestros planteamientos verbales etcéteras y más etcéteras.

Y ahora. Con esta nueva vida a la que la pandemia nos ha arrastrado.  ¿Quién puede sobrevivir a esto sin leer novelas? Cada quién tiene sus exigencias particulares de distracción y hay quién le pide poco a la vida para considerarse vivo. En esta soledad acompañada que me ha tocado ahora, He transitado intensamente por mi mundo de novelas. He ido y venido, platicado y discutido con tanta gente, he conocido infinidad de lugares, he cumplimentado todas mis venganzas y me he enamorado hasta el cansancio. Pero no tengo límite, sigo.

Por cierto, ando buscando a la Cathy Ames. No sé si para matarla o para darle las gracias.

viveleyendo.normabustamante@gmail.com