Los sueños y las ilusiones
Dicen que con el paso del tiempo la gente se va desgastando y se vuelve más
escéptica, --desconfiada quizás-- y que va perdiendo los sueños y las ilusiones. A
mí no me pasa eso sino todo lo contrario. Tengo una enorme confianza en esta
juventud pujante y arrolladora que vive una época de enormes oportunidades. Mis
sueños y mis ilusiones no sólo no los he perdido, sino que cada vez son más
fuertes. Parte de esa fuerza sé que la adquiero porque por razones de mis
trabajos, convivo con esa juventud creativa y llena de proyectos que contagia y no
deja caer el ánimo, pero también la fuerza de la resiliencia que es mi motor de
vida.
Esa resiliencia que se me ha formado a través una vida que me ha planteado retos
y problemas difíciles, pero sobre todo la que he ido adquiriendo a través del
conocimiento y las lecturas que me han mostrado situaciones límite, escenarios
catastróficos que la gente ha superado. La historia, leyéndola desde ese punto de
vista, muestra eso. Civilizaciones perdidas por guerras, muerte y destrucción y
pueblos enteros que desaparecen y otros que resurgen mejores y fortalecidos.
Hace algunos años, en un museo de la ciudad de Hannover en Alemania, veía yo
las fotografías de la ciudad de los años cuarenta y le decía admirada a mi amigo
alemán que me acompañaba que era verdaderamente increíble como el centro de
Hannover se había conservado de tal manera que sus edificios lucían impecables
e idénticos a los de las viejas fotografías. Mi amigo sonrió, y en su buen español
me informó que Hannover había sido totalmente destruida por bombardeos en la
segunda guerra mundial y que la ciudad la habían reconstruido exactamente igual
a la que había desaparecido.
Y cómo ese ejemplo, muchos. El levantarse después de una caída tan brutal como
puede ser la desaparición de tu espacio es una enorme prueba de fortaleza.
Sandor Marai, uno de mis autores predilectos, húngaro, narra detalladamente en
una voluminosa novela llamada “Historia de un Burgués” la forma de vida que los
húngaros ricos disfrutaban a principios del siglo diecinueve. Prejuicios aparte,
disfruté la novela y de los decorados y fiestas fastuosas de la Hungría de aquél
tiempo. Pero luego, en una novela posterior “Tierra Tierra” el autor narra todos los
horrores del cerco de Budapest treinta años después y su huida y su regreso en el
que solo hay hambre, miseria y destrucción. Hay un párrafo que no intenta ser
conmovedor pero sí descriptivo. Cuando Marai regresa a su ciudad, al edificio
donde había vivido y lo encuentra en ruinas, dice:
“Al regresar a Budapest, mi primera tarea fue encontrar y acondicionar un
hogar. De vez en cuando íbamos a ver nuestra antigua casa en ruinas, pero
esas visitas nos hartaron muy pronto, no tenían ningún sentido. Tas hallar
los objetos de primera necesidad entre los escombros suspendimos
aquellas visitas fantasmagóricas. Me consolaba repitiéndome que tenía
motivos para estar contento. Tenía ya una habitación. En realidad, el país no
estaba muerto, sino que renacía y empezaba a vivir con renovadas fuerzas “
Después de haber sido rico en extremo, comenzar con sólo una habitación y en
condiciones miserables es suficiente para que Marai empiece de nuevo. La fuerza
interior, la que nos permite adaptarnos a los cambios y no sólo sobrevivir a ellos,
sino crecer y superarlos, es lo que en este momento más que nunca necesitamos.
Los nuevos retos educativos, económicos y sociales que la vida nos plantea, no
son fáciles, pero esto es lo que hay. Hoy millones de niños y jóvenes aprenden a
través de una pantalla y esperan todo de nosotros, apoyo y seguridad. Tenemos
que hacerlo. Esta heroica generación de estudiantes saldrá adelante y serán más
fuertes y resilientes, estoy segura.
Vamos navegando hacia caminos inciertos quizás, pero la única manera de
bajarse del barco es morir y eso nadie lo desea. Rescatemos nuestros sueños y
todas las ilusiones. El país renacerá y empezaremos a vivir con renovadas
fuerzas.
viveleyendo.normabustamante@gmail.com