Mundial 2026: La Reputación de México Está en Juego
Durante los próximos meses escucharemos cifras impresionantes sobre el Mundial 2026. Hablaremos de ocupación hotelera, derrama económica, vuelos, restaurantes llenos y millones de visitantes. Son datos importantes, sin duda. Pero mientras más se acerca el evento, más me hago una pregunta distinta: ¿qué México le vamos a mostrar al mundo?
A lo largo de mi trayectoria en la producción de eventos, la gestión cultural y la promoción turística, he aprendido que los grandes acontecimientos rara vez se miden únicamente por los números. Los números son importantes, pero el verdadero impacto suele encontrarse en algo mucho más difícil de cuantificar: la percepción.
He tenido la oportunidad de vivir y observar eventos de gran escala, desde la Fórmula 1 hasta la Serie del Caribe, además de múltiples proyectos turísticos y culturales. En todos ellos confirmé una misma lección: las personas rara vez recuerdan únicamente el evento. Lo que permanece en la memoria es la experiencia completa. Recuerdan la ciudad que visitaron, la forma en que fueron recibidos, la facilidad para trasladarse, la calidad del servicio y la sensación de seguridad que experimentaron durante su estancia.
El Mundial representa una oportunidad extraordinaria para México porque durante unas semanas el mundo entero estará observándonos. Millones de personas verán nuestras ciudades, nuestra gastronomía, nuestra cultura y nuestra capacidad para organizar eventos de talla internacional. Sin embargo, la verdadera promoción no ocurrirá dentro de los estadios. Ocurrirá en los hoteles, en los aeropuertos, en los restaurantes, en los comercios y en cada encuentro cotidiano entre visitantes y mexicanos.
Muchas veces pensamos que la imagen de un país depende exclusivamente de los gobiernos o de las campañas publicitarias. No es así. La reputación de un destino se construye persona por persona.
Cada taxista, cada mesero, cada recepcionista, cada comerciante y cada ciudadano que tenga contacto con un visitante será parte de la experiencia que ese turista se llevará de México. Y ahí radica una enorme responsabilidad.
Como productora de eventos y promotora turística, he visto cómo un solo evento puede transformar temporalmente la dinámica de una ciudad. Los hoteles se llenan, los restaurantes trabajan a su máxima capacidad y el comercio local se activa. Pero también he comprobado que el verdadero éxito ocurre cuando el visitante se va con ganas de regresar. Ahí es donde el turismo deja de ser una derrama económica momentánea para convertirse en una inversión de largo plazo.
Desde Baja California entendemos bien este fenómeno. Lo hemos visto con eventos deportivos, gastronómicos y culturales que han colocado a nuestra región en el mapa internacional. La verdadera victoria nunca ha sido únicamente llenar hoteles durante unos días; ha sido lograr que quienes nos visitan regresen acompañados de familiares, amigos o colegas años después.
Durante años, nuestro país ha enfrentado desafíos importantes en materia de percepción internacional. Con frecuencia, las noticias sobre México que llegan al extranjero están relacionadas con problemas de seguridad, conflictos o situaciones negativas. El Mundial nos brinda una oportunidad única para equilibrar esa narrativa mostrando algo que quienes vivimos aquí conocemos muy bien: la calidez de nuestra gente, la riqueza de nuestra cultura y nuestra capacidad para recibir a quienes nos visitan con los brazos abiertos.
La verdadera pregunta no es cuántas personas visitarán México durante el Mundial. La pregunta es cuántas decidirán regresar después de vivir la experiencia.
Porque el éxito del evento no debería medirse únicamente por la ocupación hotelera de unas cuantas semanas. Debería medirse por la cantidad de personas que, al regresar a sus países, recomienden visitar México, hablen bien de nuestras ciudades y se conviertan en embajadores espontáneos de nuestro país.
México no necesita convencer al mundo de que es perfecto. Ningún país lo es. Lo que necesita es mostrar aquello que nos distingue: nuestra hospitalidad, nuestra resiliencia, nuestra cultura y nuestra capacidad para hacer sentir bienvenidos a quienes nos visitan.
Cuando el último partido termine y los reflectores se apaguen, lo que permanecerá será el recuerdo que el mundo se lleve de nosotros.
El Mundial durará unas semanas. La reputación que construyamos durante esas semanas puede durar décadas.