PAGO POR VER

Varios hombres están jugando póker. No sonríen, no parecen contentos. La adrenalina de la

competencia los sostiene pegados a la mesa. La satisfacción proviene de pequeñas escaramuzas

de engaños y blofs. Por supuesto, también del resultado, del ganar y perder. Voy tanto. Pago y voy

tanto más. No voy. Me retiro, ya perdí suficiente. Permanecen los más poderosos, los que tienen

más respaldo, los que pueden arriesgarse a perder y tienen suficiente para recuperarse. No

necesariamente los más arrojados o valientes, sino aquellos que pueden aguantar la presión y

soportar el gasto requerido para permanecer en el juego.

Solamente que estos jugadores no están sentados a una mesa en un lugar oscuro, lleno de humo y

de tragos baratos. En las películas viejas esa escena era muy socorrida. Varias mujerzuelas

gravitando entre uno y otro de los tahúres. La fotografía algo difuminada, en blanco y negro,

ligeramente fuera de foco, con sonidos algo apagados. Se nos acabó el dinero, nos quedan bueyes

y vacas dice el célebre corrido. En la película, perdí todo, va mi caballo, ahora mi casa, y luego mi

mujer.

Ahora los jugadores están aislados del mundo, cada quién en su oficina, lejos uno del otro, pero

íntimamente cercanos por el hilo perverso del juego. No son cartas las que se reparten y se

extraña el sonido característico del barajeo. Los lances se proponen y se ventilan en canales de

televisión, en la prensa escrita, en las redes sociales.

Ahí te va un video, a ver a qué te sabe. Desestimo tu video y te lanzo otro. Al video sigue la

declaración. Tu video es falso y es una calumnia, pero mi video es veraz y te va a comprometer,

también a tus amigos, parientes, colaboradores. Pero ¿quién mandó tomar el video? ¿el mismo

protagonista? ¿es su seguro de vida? ¿una traición?

Alrededor de la mesa virtual, los espectadores, por turnos aplauden los lances de sus favoritos y

reprueban a sus odiados adversarios. El espectáculo sigue. Todo mundo se divierte; saben que es

solo un juego, que no va a pasar nada. Por lo menos eso es lo que se advierte, lo que se palpa en

las encuestas informales que se producen en los taxis, pláticas en las colas de las dependencias,

conversaciones en los restaurantes, en cualquier lugar donde pueda llevarse a cabo un

intercambio en estos tiempos de pandemia.

Es la diversión nacional, mejor que el futbol: los videos. Que éste sí los va a desestabilizar. Que

ahora sí va a llevarse a un personaje a proceso y eventualmente a la cárcel. Que si todo es una

farsa. Qué casualidad que todos los privilegiados enfrentan el juicio en un hospital. Seguramente

su conciencia les causa afecciones psicológicas, anemias y otros padecimientos que requieren

hospitalización. Que todo es una distracción para que la gente no piense en la pandemia, en la

crisis económica, en la desigualdad, en la arbitrariedad. Que allá, dicen, en las altas esferas de la

política y del poder económico, todos comen en la misma mesa, supuestamente adversarios,

oponentes. Todos van a los mismos centros turísticos y se hospedan en los mismos hoteles.

Toman los mismos licores y fuman los mismos habanos. Comentan los mismos sitios y compran las

mismas marcas de relojes, de ropa y de automóviles. Que allá, en sus conciliábulos, presenciales,

virtuales o comunicaciones telefónicas, festejan sus partidas y se ríen de todos nosotros, ingenuos.

Que no pasa nada, todo es un juego.