Poder sin alma
Hay historias que estremecen no solo por lo que narran, sino por lo que revelan sobre la condición humana. El reciente resurgir del escándalo vinculado a una red de abusos vinculados a Jeffrey Epstein, el cual involucró a poderosos empresarios, celebridades y figuras de influencia global vuelve a recordarnos algo que nunca deberíamos olvidar: el poder sin consciencia es una forma peligrosa de oscuridad.
Lo verdaderamente perturbador no son solo los delitos que se investigan. Es la estructura que los permitió. Es el silencio cómplice, la normalización del privilegio, la sensación de impunidad que habita en ciertos círculos donde el dinero y el prestigio parecen blindar cualquier conducta. Cuando la influencia se convierte en escudo para encubrir abusos, el daño trasciende a las víctimas directas: corroe la confianza social.
Resulta lamentable la cantidad de nombres que han salido a la luz en este proceso. Algunos sorprenden menos; otros duelen más. Hay nombres que pesan por la dimensión de la expectativa que la sociedad había depositado en ellos. Pero más allá de quiénes sean, lo alarmante es el patrón: personas que confundieron liderazgo con dominio, éxito con licencia moral, poder con derecho a vulnerar.
Abusar no es un error; es una decisión. Y cuando esa decisión se toma desde una posición de privilegio, la perversión es aún mayor. Porque el poder debería ser una herramienta de servicio, no un instrumento para manipular o silenciar. Toda forma de explotación revela una profunda pobreza interior: la incapacidad de ver al otro como igual, como ser humano digno.
Sin embargo, hay una lección que la historia repite con insistencia: la verdad encuentra caminos. Puede tardar años, puede atravesar resistencias, puede incomodar a muchos. Pero sale. Siempre sale. Y cuando lo hace, desnuda no solo a individuos, sino también a sistemas que permitieron que el abuso prosperara.
Este momento exige algo más que escándalo mediático. Exige introspección colectiva. Exige revisar cómo educamos, cómo admiramos, cómo otorgamos poder. No se trata de juzgar con odio, sino de exigir responsabilidad con firmeza.
Porque cada vez que la verdad se abre paso, nos ofrece una oportunidad: reconstruir sobre bases más éticas, más humanas, más conscientes.
Dios es amor, hágase el milagro.
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