Que no sean míos.
Cuando yo iba en la primaria, no recuerdo en qué grado, creo que en tercero, se
murió una compañera. Era blanca con la cara llena de pecas y tenía el pelo
anaranjado. Por eso la recuerdo, por el color del cabello, aunque nunca supe
cómo se llamaba. De pronto dejó de ir a la escuela y un día la maestra nos dijo
que se había muerto. Todas lloramos. En ese tiempo a pesar de ser una escuela
pública sólo en primer año estaban mezclados los hombres con las mujeres, de
segundo en adelante eran grupos de niñas y niños separados y aunque no creo
que nadie haya sido gran amiga de la peli roja muerta, todas las niñas lloramos
porque era probable que para todas, fuera nuestra primera experiencia con la
muerte.
Luego siguió la muerte del abuelo, unos años después algún vecino o amigo de la
familia y siempre esa sensación de asombro y de ¡No puede ser! ¿Pero cómo!
Sensaciones de incredulidad ante la única verdad irrefutable de la vida que es la
certeza de la muerte y la que más nos asombra y nos petrifica. Y así, a lo largo de
la existencia se van acumulando nuestros muertos, los tíos, algún hermano,
amigos y nunca, nos acostumbramos. Siempre la sorpresa, la estupefacción, la
tristeza.
Así era antes. Ya no. ¿Cuándo era antes? Apenas hace unos meses, porque todo
cambió. La muerte dejó de sorprendernos de esa manera. Nos levantamos y
prendemos nuestros teléfonos celulares y empezamos a contabilizar los muertos.
Algunos los conocemos de nombre, otros son amigos de amigos, otros, totalmente
desconocidos, pero son muchos, demasiados y poco a poco la muerte deja de
sorprendernos. Que no sean nuestros, eso queremos, que no sean nuestros los
muertos.
He visto algunas películas cuyo escenario era Europa durante la segunda guerra
mundial, y recuerdo una muy especialmente porque sucedió en Londres, la capital
inglesa que fue terriblemente bombardeaba por los alemanes. La protagonista,
una chica joven, iba por la noche con su enamorado, al cine, a un bar y de pronto
sonaban las alarmas que alertaban de los bombardeos y ellos salían corriendo
como mucha gente, a esconderse en los refugios antiaéreos. Allí pasaban a
veces horas, otras veces menos tiempo y podían regresar a sus casas. Pero lo
que me impactó de esa película era como a la mañana siguiente la gente salía a
sus trabajos, en medio de los escombros de edificios destruidos y de muertos que
recogían los trabajadores sanitarios. Hay una escena en donde la chica que había
estado toda la noche en un refugio, llega al edificio donde vive y el edificio ya no
está, son sólo piedras y cascajo en el suelo. Luego ella buscaba, no sé qué
buscaba, restos de sus cosas supongo y se le veía muy triste pero nada más. No
gritaba ni nada parecido. Eso me parecía una exageración de la película. No era
posible transitar rumbo a tu trabajo en medio del desastre o ver tu casa en el
suelo como algo natural. Hoy lo veo desde otra perspectiva, ya no me parece que
la película haya sido tan exagerada en plantear así esas escenas. Los ingleses
habían aprendido a convivir con la muerte.
Eso nos está pasando. Te enteras de la muerte de un amigo de tu amigo o del
amigo mismo y ya no decimos, ¡No puede ser! No lo decimos porque ahora
sabemos que sí puede ser, que sí es. Que la muerte se está instalando en
nuestras vidasy si no estamos muertos tenemos que aprender a convivir con ella.
El mundo entero está empezando a salir, los museos a abrir, los restaurantes, las
escuelas, los parques, los centros comerciales. Europa entrando a la fase de la
normalidad aún con gente muriendo todos los días y aquí en nuestro país dentro
de poco seguramente sucederá lo mismo, tendremos que salir en algún momento
sin que esta pandemia haya sido controlada. Imposible parar el mundo y parar la
vida por tanto tiempo, y con todos los riesgos, los contagios y los sistemas de
salud al tope, empezaremos como ya lo hacemos, a convivir diariamente con la
muerte.
Ya sólo decimos, que no sean míos los muertos de hoy, que no sean míos. viveleyendo.normabustamante@gmail.com