Sin el Coneval nos quedamos medio ciegos

Plaza Cívica

Si es una verdad indiscutible que la democracia liberal implica contrapesos, entonces

preocupa el excesivo peso que tiene una parte de la balanza del poder, la del

presidente de la República. La representación artificial que logró MORENA en el

Congreso de la Unión (Ciro Murayama, La captura del Congreso por Morena, Nexos,

01/07/19), así como las palabras pronunciadas y políticas impulsadas desde la

presidencia de la República representan dos vías por las cuales se acumula un

excesivo poder y debilita a la oposición. Los hechos recientemente ocurridos en torno

al Coneval se inscriben en esa misma lógica y apuntan en ese mismo camino.

Una de las diferencias sustanciales entre los gobiernos del pasado con los de hoy en

día consiste en la existencia de los estudios técnicos. Estos han implicado el fin de los

palos de ciego en materia de política pública y el principio de la toma de decisiones

informadas y racionales. El Inegi y Coneval son las instituciones públicas mexicanas

encargadas de que esto sea posible: el primero entrega información confiable sobre

una amplia gama de temas nacionales, mientras que el segundo evalúa la política

social del gobierno federal en turno. Para que no haya palos de ciego se necesita ver, y

el Inegi y Coneval son los ojos del Estado mexicano.

En este sentido es que la remoción de Gonzalo Hernández Licona de Coneval

preocupa, y principalmente por cinco razones. Primero, porque los órganos

autónomos han recibido una embestida del gobierno federal en la forma de

extinciones, nombramientos de personas inexpertas y fuertes recortes

presupuestales, entre otros. Segundo, porque como se ha comentado anteriormente

en este espacio, se está implementando una política social altamente clientelar

observable en censos sociales levantados por la estructura electoral de MORENA,

entrega incondicional de dinero a beneficiarios, manejo local de los programas por

parte de los muy partidistas súper-delegados, control nacional de los programas por

parte de la Presidencia de la República, y aumento en la opacidad con la disminución

de las reglas de operación, entre otros. Tercero, porque se quiere reducir en un 20% la

estructura burocrática del Coneval y en un 50% el presupuesto destinado a la

realización de estudios, a pesar de no existir evidencia de dispendio y contar con un

presupuesto para 2019 de solo 443 mdp (el presupuesto federal es de 5.8 bdp).

Cuarto, porque ante estas políticas el ahora ex-titular de Coneval buscó reunirse con

las autoridades correspondientes pero solo fue recibido por funcionarios menores, y

como diría Jesús Reyes Heroles, “en política la forma es fondo”. Y quinto, porque

Hernández Licona fue despedido justo cuando se comenzaba la primera revisión de

los programas sociales de este gobierno federal, y como dice otro dicho, “en política no

hay coincidencias”.

El Coneval es un órgano constitucionalmente autónomo, pero debido a que no se ha

aprobado su ley reglamentaria, el presidente tiene la facultad de remover a su titular.

Sin embargo, resulta imposible que la remoción no prenda alarmas ante la corta pero

densa historia comentada anteriormente. Más aún, después de trece años de servicio

público ejemplar por parte de Hernández Licona, de haber liderado la construcción de

una institución pública de primer nivel como Coneval y haberse convertido en la

piedra en el zapato de todos los gobiernos federales en turno, tanto la persona como la

institución no recibieron ninguna palabra de reconocimiento por parte del jefe de

Estado mexicano, sino básicamente una patada. Hay desprecio, y eso inevitablemente

llama la atención.

Dejar en una medida importante cegado al país para que la voluntad de una persona

se convierta en el bastón colectivo resultaría simplemente desastroso. El país necesita

ver para que, a través del debate y la negociación, decidamos nuestro camino

comunitario. Se le llama instituciones, y democracia.