Tartufo

Es penoso ver los intentos del diputado Marco Blásquez por defender su pequeño reducto de poder.  De la misma forma en que llegó hace años al Senado, se acomodó en el Congreso de Baja California gracias a su patrón, el exgobernador Jaime Bonilla, como propuesta del Partido del Trabajo.  Blásquez cumple con mediocridad el papel de representante popular y se desempeña aún peor en el juego político.

El pasado miércoles se quedó prácticamente solo al tratar de detener el nombramiento del nuevo fiscal general.  Fue evidente el fastidio que su perorata produjo en el resto de los diputados que, presentes o de manera virtual participaron en la prolongada sesión.  Más tardaba en tomar la palabra el leguleyo que el resto de los diputados, incluida la bancada de Morena y el PT, en esbozar gestos de burla o hastío, desconectar la cámara de sus computadoras o hacer cualquier otra cosa en sus curules.  Posiblemente fui uno de los pocos que hizo el esfuerzo por atender lo que decía, porque Blásquez hablaba al vacío.  No hizo otra cosa que repetir lentamente, con puntos y comas, el argumento que horas antes había planteado en redes sociales el exsecretario general de gobierno, Amador Rodríguez Lozano.

En mi acostumbrado recorrido diario por diversos medios informativos, me encontré recientemente con un programa que conduce en la radio el diputado Blásquez.  Un espacio sin fondo ni gracia, una radio tribuna más que -eso sí- le sirve para golpear a los adversarios de su cada vez más reducida camarilla política.  En un momento dado, pasaron al aire la llamada de una madre que le pedía ayuda al legislador para conseguir una computadora, de manera que su hijo discapacitado pudiera estudiar desde casa.  Blásquez se limitó a escuchar, para luego pedir al auditorio que ayudara a la mujer a salir de su problema.  Sin hacer el mínimo intento por resolver la petición de la radioescucha, se atrevió a sugerir que, si alguien en California estaba escuchando el programa, le comprara la computadora con sus dólares.  ¿Con qué objeto un diputado conduce un programa de radio que pretende atender las necesidades de la gente, si lo que hace es deslindarse para que el público las resuelva?

Trabaje o no, Blásquez le cuesta a los contribuyentes más de 250 mil pesos mensuales, entre su salario, la jugosa partida de “gasto social” y por hacer el favor de presidir la comisión de desarrollo urbano, vivienda y ordenamiento territorial del congreso.

La verdad es que la conducta de Blásquez aburre pero no sorprende, siempre ha sido así y quienes lo conocen lo saben bien, es procaz, oportunista, ambicioso, un tartufo.