Una Bocanada de Realidad

Cierra los ojos con suavidad. Ya lo ves, ahora lo puedes distinguir bien. Sí, es una

especie de cuarto oscuro: cuatro, quizá cinco simples, aburridas y ordinarias paredes

de hormigón armado, bien pulido, pero hormigón gris, húmedo y frío, a fin de cuentas.

No guardan simetría alguna, y su formación geométrica respecto de una y otra parece,

por momentos, engañar a los sentidos; parece cambiar, parece estar en constante

evolución. Técnicamente no existe techo, es decir, no es, ni por asomo, un cuarto

cerrado, no.

 

Quizá a cuatro, cinco o más metros de altura, existe una especie de rendija horizontal,

de ángulo sin acabar, sin cubrir; una especie de isósceles moldeado por un reflejo

apenas luminoso; una suerte de respiradero que toma bocanadas de la realidad, de

allá afuera, ya sabes; una garganta de concreto que le asegura a uno la dicha de

escuchar que el mundo, en el exterior, distante, sigue su marcha; una especie de

ventana sensorial que garantiza que, bajo ninguna circunstancia, perdamos la certeza

de que allá afuera, por remoto que a veces parezca, existen luz y sombra, trajín y

actividades rutinarias, y todo.

 

Así es, lo tienes ya. Sin necesidad de haber estado allí, en Berlín, sin siquiera estar al

tanto de las razones históricas, sentimentales, étnicas ni artísticas que llevaron a

Daniel Libeskind a diseñar, trabajar y proponer una experiencia sensorial

escalofriante. No necesitas saber que quizá él mismo, quizá alguien más, dijo de este

sitio designado como la Torre del Holocausto del Jewish Museum, que el ruido de la

calle es claramente audible pero el mundo exterior está fuera de alcance. Que es un

área de la memoria en la que la desnudez y el vacío representan a las víctimas del

genocidio masivo alemán.

Es quizá una manera postmoderna de hacer tangible el mito de la caverna, la eterna

discusión filosófica que nos cuestiona el ser, que nos hace dudar, que nos eriza la

espina dorsal con la incertidumbre que deriva de la cuestión: ¿somos algo, en verdad?

o tan sólo el reflejo de las imágenes y las realidades que nos rodean. Sí, ya lo tienes, y

lo vives en esta era de la posverdad y la sana distancia que poco se diferencia de aquel

espacio alemán.

No tienes porqué conocer la desolación ni el horror de la condena a muerte –menos la

que es gratuita-. No. Tampoco de la rabia de saberte objeto de las intenciones de

exterminio a tu raza, tus ilusiones, tus proyectos por realizar, tus ganas de vivir. No, no

tienes por qué hacerlo, porque el virus, al menos en su versión de existencia

contaminante, no circula por el mundo con ideologías ni confesiones religiosas, no

enarbola ninguna bandera dogmática.

Sería deseable que lo comprendieras, claro, pero no resulta, aquí, en este ejercicio,

necesario. Porque la propuesta de Libeskind es mucho más que eso. Porque una vez

cumplido su cometido vinculado con la infamia humana y la peor representación de la

escoria del hombre, el artista genera una nueva propuesta, acaso más vigente, más

contemporánea, de nuestras miserias, dichas y desdichas cotidianas. Del insospechado

caso del confinamiento del mundo occidental, por ejemplo.

Cierra los ojos otra vez, y date cuenta. Sí. Fracasas, y lo sabes bien. Fracasas en cada

una de esas oportunidades en las que te empeñas en dotar de representaciones

científicas todo aquello que te hace miserable, que te hace feliz, o que simplemente

genera esa sensación de incertidumbre, de desasosiego; ese sentimiento acogotante

que se genera ante la inminencia de la zozobra, del viraje inesperado que varía la

derrota de tu embarcación con absoluta indiferencia al intento de participación activa

de tu voluntad.

No hay fórmulas matemáticas para sentir, lo sabes bien, y quizá eso es lo que más

sobresaltos te provoca, lo que ahora en un encierro tipo Libeskind te impide dormir

en paz. No hay fórmulas matemáticas para lidiar con la melancolía, y el llanto, y la

rabia y la desesperación. No se puede dividir la felicidad ni la existencia misma, en las

columnas de activo y pasivo en una hoja de balance ni en la añoranza de una vulgar

cotidianidad que ahora parece tan apetecible.

No es que sea nuevo para ti, seguramente. Y hay situaciones y sensaciones que

resultan muy ambiguas, quizá la descripción justa implica una idea de polivalencia. Lo

sabes desde siempre. Lo sabes desde que en tu infancia te sorprendía el repentino

final de las experiencias y las dichas, precisamente en el momento en el que apenas

comprendías o disfrutabas de la felicidad y comenzabas a echarlas de menos. Hay

cuestiones que presentan un lindero vacilante entre el gozo y la melancolía, entre la

plenitud y la tragedia.

Quizá, nunca vayas a saber con precisión, si son cuatro o cinco las paredes que te

rodean. Quizá nunca te des cuenta de que tus vivencias son la representación en

negativo de lo que sucede allá afuera. Quizá nunca vayas a descifrar tu propia Torre

del Holocausto, ni alguna explicación más tangible de la pandemia, ni vayas a tener

entre el puñado de activos que vale la pena tener, un rincón del mundo de esos en los

que, cualquier día, te puedes encontrar cuestionando la legitimidad de la historia, la

veracidad de tu realidad.

Quizá, lo único para lo que te pudiera servir una Torre del Holocausto personalizada

es para saber que aquí no hay mañana ni salvación, al menos no sin vivir lo que te

corresponde ahora mismo, porque el futuro no puede ser más que la síntesis de la

historia que hoy, aquí, en este minuto, decides construir, o abandonar en un lance

vergonzante empolvado por la traición a tu autenticidad, la incapacidad para decidir;

un lance enlodado por los atavismos que se esmeran en apuntalar algunos curas o

pastores o rabinos farisaicos y oscurantistas, la modernidad trivializante, la frivolidad

del Siglo XXI, y algunos padres abnegados y devotos que vengan la inutilidad de su

existencia y la estéril normalidad de sus vidas, cauterizando las terminales nerviosas

de la pasión por vivir de sus vástagos.

Pero quizá si logres construirte tu propia Torre, seguir la idea de Libeskind, y poseas

uno de esos rincones del mundo en los que lo único que te queda por hacer es cerrar

los ojos, tomar una bocanada de aire asfixiante, y tratar de salvarte, de percibir los

olores y los sonidos de esa certeza que solamente puede provenir de la intensidad de

tomar el riesgo de vivir de verdad, en busca de una felicidad que solamente, también,

puedes dilucidar al través de una rendija, irregular, muy pequeña, que por instantes

parece ser tan tangible como si no fuese una simple bocanada, igual, del reflejo de la

realidad, en este encierro exasperante.

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