El lado oscuro
Baja California vivió una época de oro cuando la Ley Volstead estuvo en vigor en los Estados Unidos. Las fronteras y particularmente Tijuana y Mexicali, experimentaron un “boom” por el vigor de las inversiones centradas en el expendio de alcohólicas bebidas y sus derivados: el juego, la restauración y otros menos aceptables. Mi familia no estaba relacionada con estos menesteres; el efecto de la bonanza apenas se percibió en su situación económica, aunque desde luego hubo cierto beneficio derivado del multiplicador que siempre existe en mayor o menor grado. En esa etapa, se hicieron fortunas que todavía en algún modo prevalecen con los descendientes de aquellos arrojados empresarios que incursionaron en esos difíciles giros. La Gran Depresión, más o menos a la mitad de la vigencia de la ley de prohibición, tuvo un devastador efecto en todo el mundo, aunque en el entonces Territorio fue paliado por esa paralela economía basada en llenar el hueco de la abstención vecina. La sabia naturaleza se compone sola.
Otro impulso económico se sintió durante la Segunda Guerra Mundial, que provocó un incrementado movimiento en la agricultura, el comercio y el tránsito de toda clase de mercaderías, desde las básicas, las de uso menos indispensable pero ciertamente útil, y hasta otras de reprochable calidad. Mi familia no estaba insertada en aquellos sectores que fueron altamente beneficiados por esa temporada de inusitada demanda, aunque debe aceptarse que en algún modo tuvimos cierto desahogo, por la derrama alimentada por esa circunstancia.
Después de la guerra, vino una voraz demanda de algodón; Mexicali gozó un descomunal auge. Se le describió como el rancho de algodón más grande del mundo. Los rústicos comerciales de todas las radiodifusoras estaban plagados de anuncios de fertilizantes, semillas, maquinaria y toda clase de agrícolas implementos; la música ranchera prevalecía por doquier. El comercio y los servicios estaban orientados principalmente a la gente del campo, que acudía al pueblo a sobradamente surtirse de insumos y también a divertirse un poco. Mi familia no era de agricultores así que no se privilegió inmediatamente de esa bonancible burbuja que duró varios años; no fue directamente favorecida, aunque debe reconocerse que el efecto de las vacas gordas salpicó en la situación general y en la nuestra en particular.
Luego vino la debacle del algodón, por muchos factores que no es del caso mencionar en esta reflexión, pero como mi familia no dependía directamente de ese sector, no fue golpeada tan duramente, aunque en cierto modo vino un período de contracción económica que afectó a todos.
Ahora tenemos el COVID. La mayoría de las actividades económicas están sufriendo terriblemente, incluyendo la de mi especialidad. Muchas empresas grandes, medianas y pequeñas se están haciendo cruces para encontrar una salida y superar esta cuarentena que parece “noventena”. Son difíciles tiempos y todos lo estamos resintiendo.
Miento; no todos. Hay algunas actividades que están proliferando a la sombra (o al amparo) de la pandemia. Empresas multinacionales como Amazon, Walmart; plataformas cono Zoom, están en ebullición. Me llegan informes que por todos lados brotan como hongos muchos hábiles comerciantes formales, informales, espontáneos, oportunistas o lo que sea. Están haciendo el negocio del siglo vendiendo servicios, materiales, equipos, sustancias, relacionadas con la prevención del contagio; complementos alimenticios que se proponen como auxiliares en el mejoramiento de “las defensas”, artilugios, así como ungüentos con el mismo propósito.
La agilidad en la reconversión, el uso hábil de la tecnología, la creatividad, tienen mucho que ver en el surgimiento, posición o supervivencia de muchas empresas. Algunas industrias se reorientan hacia la producción de respiradores; restaurantes se convierten en proveedores de abarrotes a domicilio. Las reuniones virtuales destruyeron el paradigma de la inmediatez con una eficiencia y bajo costo que no se había considerado. Los cajeros automáticos empiezan a ser menos solicitados ante el apabullante triunfo del pago electrónico sobre el efectivo.
Con la pandémica crisis, se ha generado un mercado paralelo sumamente ágil y dinámico que, sin ser la solución total, en algo contribuye a atenuar el descalabro que en lo general se está sintiendo. Sabrá Dios si este lado oscuro de la economía -sin que esa oscuridad sea peyorativa, sino simplemente para describir su incidencia atípica coyuntural- tenga en cierta medida el mérito suficiente para no tocar fondo del todo. “Post tenebras spero lucem” dijo Job. Es posible que la caída no sea tan grave como se pudiera pensar o algunos quisieran.




