Los abogados
Dice un dicho popular que: *abogado sin ego, es contador*, y tiene mucho de cierto.
Los abogados son un tipo muy peculiar de profesionistas, tal vez, como ningún otro, la forma de ser de estos sujetos se encuentra en otro horizonte, muy diferente al del resto de los profesionales de las demás carreras.
El abogado es peleonero por principio, además de altanero y ególatra por esencia.
Tendría que ser así para poder desempeñar su trabajo de manera adecuada, pues parte de ese ego tiene relación directa con el éxito de su labor. El abogado debe sentirse superior a su oponente, (a otro abogado), de otra forma no tendría oportunidad de ganar la contienda legal a la que se enfrente. Debe, además, tener tal confianza en sí mismo, que, sin titubear, sea capaz de definir e implementar una estrategia legal, de la cual, en ocasiones, depende el patrimonio de una persona y en otras, hasta su libertad. Por lo que esas características bien dirigidas, pueden ser bastante positivas.
Para ser un buen abogado se requiere, entre otras muchas cualidades, templanza, fortaleza, estudio constante y, sobre todo, un alto sentido de la *ética*.
Probablemente, al abogado se le presenten en mayor medida que a los demás profesionistas, situaciones en las cuales debe tomar la decisión entre hacer lo correcto o lo indebido. La primera opción, generalmente resulta ser un camino más difícil y complejo, que le exige al profesional del derecho más esfuerzo y cuya retribución económica es más incierta y mucho más tardada de conseguir que la segunda, pero que, en definitiva, al largo plazo, es, sin duda, la mejor forma de hacer las cosas, que trae consigo los mejores beneficios, tanto para el abogado, como para sus clientes, así como para la sociedad en general.
Por lo cual, otras virtudes indispensables que debe tener el abogado son la *paciencia y la perseverancia*. Comentaba un abogado al cual respeto mucho, que la abogacía *es una carrera de resistencia, no de velocidad*. La determinación de ser constantes, insistir una y otra, y otra, y otra vez, hasta lograr el objetivo, es definitivo para lograr el resultado exitoso deseado.
En ocasiones, el abogado se tiene que enfrentar, no sólo contra su oponente legal, sino también, contra el propio sistema de impartición de justicia, sobre todo en aquellos casos en los cuales, lamentablemente, hay un interés de parte de las autoridades en beneficiar a la contraparte. Sir Winston Churchill decía que *el éxito es ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo*, eso los abogados lo entienden muy bien.
La abogacía se encuentra, en la actualidad, bastante mancillada. La realidad es que tiene muy mala fama y por desgracia, muy bien merecida, pues abundan los ruines abogados que optan por el camino fácil, no estudian, todo lo quieren arreglar por medio de “favores” y del “soborno”, o “vendiéndose al mejor postor” sin importarles, en absoluto, el compromiso sacramental de fidelidad que le deben a su cliente. Cambiar esa mala imagen del abogado corrupto y antiético es, sin duda, el mayor reto al que se enfrenta la profesión, la única forma de lograrlo es que, cada uno de los que conformamos esta exclusiva y muy especializada comunidad, desde nuestras trincheras, hagamos siempre lo correcto, dando un servicio profesional, ético, de calidad y sobre todo, poniendo los intereses de los clientes en primer lugar, pues es a ellos a quienes nos debemos y a quienes estamos obligados a velar por su bienestar y seguridad.
Como siempre un placer saludarlo esperando que estas pocas letras hayan sido de su agrado, y sobre todo de utilidad ¡Hasta la próxima!



