Nadar de muertito

“You've got to ask yourself a question: "do I feel lucky?" Well, do ya, punk?" – Harry Callahan, Dirty Harry, 1971, Don Siegel, Malpaso Productions

Escúchame bien, porque no se si vamos a poderlo repetir ni una sola vez. No sé si tu

contexto sociocultural o tu cúmulo de culpas propias y ajenas te vayan a mover para

darme un sentido agradecimiento por mis palabras, o tu impulso bucólico y la

arrogancia que quizá te caracterice, te lleve a imaginarme por senderos silvestres

siguiendo la guía de una sonora mentada de madre tuya. No lo sé.

Pero te recomiendo escuchar antes de asumir la ceguera como tabla de salvación,

antes de clavarte nuevamente en tu navegador de Internet para que te lleve al infinito

ciberespacial; lejos, muy lejos, de la sensación cáustica que te provocarán mis palabras

En estos tiempos de bizarro enclaustramiento y sobre todo del enfrentamiento

doloroso con la realidad, de la imperiosa necesidad de una acción concreta porque a

ver si te enteras Chaval, la era Post Covid va a ser aún más cruenta y hostil que ese

mundillo en el que ya te creías instalado antes de saber de la existencia de Wuhan, de

la escasez de ventiladores en el mundo, o maneras asépticas de tratar cadáveres

contagiados.

Sé que tú eres un tipo de esos que andaban por la vida, hasta antes de la era del Doctor

Fauci o del talk show vespertino de Gatell, llenando huecos en las solicitudes diversas

que se requieren para sortear cada una de las semanas estándar de una existencia sin

sobresaltos. Quiero decir que seguías al pie de la letra las indicaciones de la forma

prefabricada que indica paso a paso la conducta esperada y te permite, solamente,

seleccionar alguna variante menor, algún sabor dentro de las opciones del manual, del

menú, quiero decir.

Sí. Mira: de seis a siete el destino marca que hay que tomar un regaderazo que puede

ser entre tibio y caliente, con opciones de un riatazo helado al final, dizque para

mejorar la circulación. Desayuno consistente en barra de granos diversos y yogurt

light ya montado en el auto compacto pagadero a treinta y seis meses. Un trabajo que

hay que cuidar mediante avanzadas técnicas de nado de muertito, una secretaria del

piso de abajo a quien desear secretamente, un prospecto de novia aburrida y un poco

soez que no genera controversias ni inconveniente alguno, y mucho sexo seguro

mediante tu ordenador. No quisiera dejar de lado los siete rituales copas de ron a las

que hay que aniquilar cada viernes al ritmo de cumbia, música pop, Hip Hop o

reggaetón.

Claro, todo esto en la conveniencia de asumir el dogma como verdad, de temer a la ira

de Dios que aparentemente solo se evade con un pago puntual del diezmo al clero

secular; de contar con el cielo y la salvación, como quien cuenta con un depósito

bancario a la vista, y el odio y desprecio a quien tiene más que tú, pues con total

desprecio a su esfuerzo, le tildas de fifí y te regodeas cuando la voz del líder lo delezna.

Sí, en la comodidad de ocultar entre el duodeno y las demás tripas aledañas, todo eso

que en algún momento de tu vida constituyó un sueño de juventud, un anhelo

singular, una causa riesgosa para debatir.

Es decir, ignorando groseramente la pasión con la que alguna vez contemplaste

ondear el lábaro patrio, o emitiste una opinión de política nacional. Adicionar, por

favor, dicen los formularios, un absoluto y abierto desprecio por todo que en tu vida

fue una oportunidad y por apatía dejaste escurrir entre las manos. Ignorar como no

ciertas las bofetadas públicas de papá, o su amante, o su misoginia; la afición por los

jovencitos de mamá, el suicidio frustrado de tu hermana menor. Total, una tacha por

aquí, un toque por allá, y listo, no hay que enfrentar nada...

Muy bien, ya te reconociste. Eres tú en esta vida de atole en las venas que decidiste

tener hace muchos años cuando renunciaste a pelear por un cariño profundo, por un

derecho fundamental, por una idea bien concebida. Cuando renunciaste a emprender,

o a cantar. Cuando abandonaste la testosterona y ofreciste tu rendición incondicional

a la batalla que te hubiese hecho nacional de una patria conformada por dos metros de

piel morena con aroma a jazmín.

Y el formulario dice que sí, que vives sin riesgos, efectivamente; vives muy estable,

muy predecible. Pero oye, mi mensaje no culmina aquí, a fin de cuentas, todo esto ya lo

sabes. A donde quiero llegar es a una pregunta, digamos casual: ¿Has consultado

últimamente uno de esos sitios web que con precisión matemática y a cambio de una

módica suma te ofrecen calcular la fecha en la que vas a palmar, chupar faros, colgar

los tenis, ingresar a uno de esos hornos abominables que tragan cadáveres y escupen

cenizas, o, si eres optimista, dejar al fin, de pagar impuestos? Ya calculaste tus

probabilidades se sucumbir al bicho este maldito que se las ha dado por paralizar al

mundo y quitarte, ya por dejarlo barato, el trabajo y el ingreso asegurado que te

permitía flotar en la mediocridad.

¿Te has dado cuenta que por más que te agaches en la mesa de dominó no hay lugar

para los empates?

Yo no sé cómo andas en matemáticas, querido amigo, paradigma de la estandarización

y la rutina inacabable, pero si usas los conocimientos básicos que te dio alguna buena

secundaria oficial, podrías darte cuenta que tomando en consideración el índice de

mortandad de nuestras estadísticas oficiales, cada vez que tomas ese duchazo

mañanero sin riesgos aparentes, o espías las enaguas de la secretaria de la oficina

desde el cubo de la escalera, estás enfrentando una posibilidad aproximada del

0.00004 por ciento de terminar allí mismo como cerdo en desolladero.

O visto de otra forma, ser uno de los desafortunados 4.78 colegas entre cada mil que

nos dejan para siempre en este País cada día. Esto, por cierto, resulta más probable

que pegarle al Melate. O estar en esa estadística tan manoseada del índice de

mortandad del Covid-19 en tu municipio, tu país o tu continente. ¿Crees en tu buena

suerte?

Sí, querido amigo, pues no te enteras que nadar de muertito también conlleva sus

riesgos de ser tragado por un tiburón, de ser atacado por una alergia asfixiante

provocada por el cloro de una alberca mal cuidada, de cometer el error de querer

cantar y bronco-aspirarte con los jugos de tu propia miseria. O ser uno de los miles y

miles que mueren con un trozo de metralla en las entrañas ante la mirada

complaciente e incompetente de las autoridades que han jurado protegerte durante

los últimos 25 años. ¿Crees en tu buena suerte? ¿o piensas ya despertar de una buena

y maldita vez y vivir la vida con propósito?

Ahora si ya puedes mandarme directamente a la perica o a ese otro lugar que te

apetezca más placentero, pero si decides seguir nadando de muertito en la era Post

Covid, no te olvides de checar, al menos, tu testamento hoy por la tarde, no vaya a ser

que por no dejar, no le dejes nada a nadie.

Twitter: @avillalva_

Facebook: Alfonso Villalva P.



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