No se olvida…

En la vida ordinaria, natural y citadina, la que nos hace transitar del lavado al

planchado, a la compra semanal de la despensa, los desinfectantes del retrete, el

dentífrico que combate la sonrisa amarilla y el perfeccionamiento de las técnicas de la

escoba y el recogedor; en esa vida, donde nunca hay manera de distinguir los talentos

artísticos de las facultades matemáticas, donde no existe el bien ni el mal, sino solo la

monstruosa rutina.

En esa vida, decía, ellos… son lo que son. Lo que usted y yo somos ante la crisis que se

presenta cuando se apaga el boiler a las seis de la mañana, cuando no hay leche para

los chococrispis. Igual. Gente ordinaria, insípida, común.

Todo se transforma cuando ella, cuando él, cruzan el umbral de la normalidad y salen

por esa puerta de su guarida habitacional, llevando como única pieza de equipaje, las

monedas que pagan transporte urbano de mala calidad, de ida y de vuelta, junto con

un amasijo de trapos viejos y rotos que con cierta destreza e imaginación se

convierten en una especie de pasamontañas alpino, de bozal textil, de burka laica

improvisada.

La reunión es clandestina, por supuesto. Allí están los monitores, coordinadores, jefes

de grupo. Nunca los orquestadores, los que toman las decisiones, pues esos siempre se

guarecen en las sombras del anonimato, para mantener incólume su figura pública de

ciudadanos respetables.

Más que un beneficio económico, él, ella, son alimentados con una falsa ideología, con

una falaz causa legitima que satisface, tanto su romanticismo juvenil, como sus

apetencias vengativas contra la sociedad, el establishment; alienta sus revanchas

personales, su enojo filial y, desde luego, su falsa definición de activistas trasnochados

–esos cuya causa de lucha se define con lo que suene de moda, lo que una banda

musical acuñe como estribillo, lo que tome forma de hashtag en las redes sociales-.

Los coordinadores apelan y logran con facilidad, engancharlos merced a una

irresistible oportunidad de ser protagonistas del caos escandalizante, de generar la

estridencia en la normalidad, de mentarle la madre soez y arteramente a la autoridad

y a todo lo que se parezca a ella.

El estipendio varía en función de las responsabilidades asumidas, pero nunca rebasa

el lindero de los pocos pesos que se diluirán entre renta, transporte, aguardiente y

algo que inhalar.

La mecánica, tan primitiva como siempre. El principio, tan retorcido desde siempre.

Pero ellos no se lo cuestionan. Se dejan llevar a creer plenamente, con todo el ímpetu

de su juventud, cualquiera que sea la causa del día: una toma de protesta de algún

funcionario, el supuesto movimiento magisterial, un centro educativo en la Nueva

Jerusalén, la reivindicación feminista, o el favorito y estelar aniversario del 2 de

octubre.

Lo que sea, con tal de que esté organizado por las fuerzas ocultas de siempre, que ellos

ni siquiera comprenden, pero les permite plantarse en la plataforma de la anarquía.

De gritar y lacerar la propiedad privada, increpar al que tiene más -aunque no sea en

proporciones materiales-. Al que pertenece a lo que él, ella, en el fondo, quisieran

pertenecer.

Ella, Él. Ellos, la tropa, la carne de cañón. La juventud que se expone a la furia del

choque, al riesgo de las bombas molotov mal manejadas, a los macanazos de

seguridad pública, a la pérdida de miembros del cuerpo, a la madriza policiaca de

rigor. Siempre embozados, sin preguntarse quizá, que si fuesen causas legítimas las

que pelean vandálicamente en las calles, no tendrían por qué ocultar su rostro ni su

identidad. No tendrían por qué solicitar el indulto y la amnistía impune a la autoridad.

Lastimera representación de su anonimato que es precisamente el móvil visceral que

les lleva a la calle a decir que allí están ellos, para permanecer siempre así,

desconocidos, ignorados, abyectos.

Su ironía consiste es ser utilizados nuevamente, sin nombre propio, abusando de su

ignorancia, su falta de educación adecuada -que ellos mismos generan ahora para

otros niños y jóvenes-, su ausencia de vínculo familiar; para garantizar que siempre

que alguien con intereses ocultos así lo requiera, pueda echar mano de muchachos

aguerridos y anónimos, que embozados con un trapo bajo las narices, estén dispuestos

a jugarse el esqueleto luchando por supuestas causas legítimas, que ni ella, ni él,

comprenderán jamás. Como hace 51 años, igual que siempre.

Twitter: @avillalva_

Facebook: Alfonso Villalva P.



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