PERSPECTIVA
Ayer martes por la mañana se anunció la muerte de un periodista muy conocido y
estimado aquí en la capital del estado: José Toscano. Simpático, dicharachero,
sonriente, bailador de salsa, alegre, amable y etcéteras infinitos de calificativos
que no son los que usamos por compromiso para recordar a un muerto, sino que
son auténticamente reales. Una persona con esa energía y gusto por la vida, es la
que menos imaginamos que pueda morir. Pero Pepe se murió. De Covid, por
supuesto.
Es como un latigazo al alma. Cuando un amigo se va, cantaba Alberto Cortez y la
canción entristecía, aunque en ese tiempo, antes de la pandemia, es muy
probable que a nadie se le hubiera muerto un amigo todavía, la tristeza venía tan
sólo de la posibilidad de que eso sucediera, y en esos tiempos de la normalidad
normal, los amigos y conocidos usualmente no se morían así: tan jóvenes, tan
llenos de vida ayer, tan llenos de muerte ahora.
Miguel de Unamuno en su obra el “El sentimiento trágico de la vida” reflejaba la
angustia existencial del hombre ante la muerte y la inmortalidad, esa inmortalidad
que prometen las religiones y que por eso simplemente se acogen a ella millones
de seres humanos. El miedo a la muerte intrínseco y animal que todos llevamos y
que no se reconoce tan fácilmente puede convertirnos en creyentes y fieles de
cualquier religión que nos ofrezca vida eterna, Unamuno, decía que necesitamos
creer en Dios y que esta necesidad es suficiente para justificar la adopción de la
creencia religiosa. Hay quienes no están de acuerdo con eso, sea como sea, la
muerte es y ha sido siempre, el gran tema universal abordado desde hace más de
veinticinco siglos, como lo encontramos en la leyenda de Gilgamesh que buscaba
una hierba mágica que renovara la juventud, pero murió cuando estaba a punto de
encontrarla. La muerte siempre ha sido un tema que ha inspirado el arte y para la
ciencia es el gran reto a vencer.
La filosofía nace en Grecia siglos antes de Cristo y la muerte también fue para los
griegos el tema inspirador de los grandes filósofos. “Todos los hombres, mueren,
Sócrates es hombre, luego, Sócrates es mortal”. Argumentación que no sólo
condena a muerte a Sócrates sino a toda la humanidad. Por su parte Homero
narra en la Odisea que Ulises convocó a los espíritus de los muertos y entre ellos
a su amigo Aquiles, quien le confesó, que preferiría ser el último porquerizo en el
mundo de los vivos que un rey en el mundo de los muertos. La angustia por la
muerte es inherente al hombre, imposible evadirla, es mejor imaginarla como estar
dormidos o algo así. Lo dijo Shakespeare Morir, dormir, ¡Tal vez soñar!
Antes de este fenómeno pandémico que nos tiene aún azorados, había una
razonable capacidad de aceptación ante la muerte: Que mueran los ancianos, los
enfermos incurables, es casi normal, aceptable, sin embargo, la muerte de un niño
o de un joven no lo es, el espíritu se resiste, lo niega. Luego también se asimila y
se trata de olvidar porque es mejor olvidar que no sólo mueren los otros, sino que
también moriremos Nosotros, ese YO, que tanto queremos y cuidamos un día
también morirá. Borrar el pensamiento, vivir la vida ahorita, no pensar en la muerte
es la consigna, eso lo saben bien los notarios que se esfuerzan por convencernos
de hacer un testamento y nos negamos porque al hacerlo, casi estamos
decretando nuestra partida.
La muerte está por todos lados, antes cuando abría mi Facebook en la mañana y
veía una foto con el rostro de alguien, normalmente suponía que era de un
cumpleañero o de quien estaba cambiando su foto de perfil. Hoy hay una tercera
causa que me hace acercarme al retrato, fijarme si sigue vivo o ya está muerto.
Y las cifras siguen aumentando. Cientos o miles, da igual, son cifras solamente de
gente que no conocimos, no les vimos el rostro ni escuchamos sus voces, ni
siquiera sabemos sus nombres, esos muertos impactan, pero no duelen. Duele el
amigo, Duele Pepe Toscano, nuestro querido Pepe, aquél que parecía inmortal.




