Ya casi

Los mexicalenses somos muy climáticos. Me ha tocado permanecer largas temporadas en la Ciudad de México, en Guadalajara y en Paris y no recuerdo jamás haber tenido presente el clima de manera tan preponderante como en Mexicali

Desde luego tengo el recuerdo que al estar en Guadalajara llamaba la atención el privilegio de vivir en un clima agradable, pero hasta ahí. 

Pero aquí, esto es tema constante de conversación. Bueno, hasta nos hacemos chocantes con los habitantes de otras partes, nos dan carrilla y algunos nos dan cuerda. Claro que nos damos cuenta, pero lo toleramos porque en ocasiones hay que ser consecuente. Ahora también presumimos una cerveza artesanal de gran calidad y, estoy seguro, en muy poco tiempo florecerá una gastronomía propia de este valle; diferente a la china, Baja Med y la tradicional influenciada y derivada de las cocinas sonorense y sinaloense. Habrá una forma culinaria diferente, claro con las influencias que toda obra humana tiene, que no se pueden ocultar, ni negar y por contrario, deben reconocerse como fuente de inspiración, de técnica heredada y con ello se podrá materializar un producto que tenga la fisonomía particular del cachanilla. 

Volviendo al clima, cuando empieza la segunda quincena de septiembre, todos sabemos que no falta mucho para que venga el cambio. Don Gustavo Vildósola Almada gustaba decir que después de su cumpleaños, el quince de septiembre, cambiaba el clima, en su honor. Pero veranos prolongados ha habido muchos. Yo soy de octubre y la versión familiar era que cuando nací estaba haciendo calor. 

Las leyendas urbanas dicen que cuando cambia el clima vienen los temblores. Eso no es cierto, pero sucede, como aquella antigua conseja que cuando el buho canta, el indio muere; quien sabe si será cierto, pero sucede.

Lo que sí es cierto es que las plantas reconocen el advenimiento del otoño que, siendo muy amable en esta tierra, no es época de la caída de las hojas, sino que, apartándonos de la imaginería tradicional, es la temporada en que se ponen más bonitos los árboles y las demás plantas (o matas como se decía).

Este año es atípico, palabra que jamás había escuchado con tanta frecuencia. La pandemia hizo el milagro de transformar las temporadas, las costumbres, hasta los consensos casi axiomáticos. Todo mundo hace consideraciones de la arcana razón para permitir abrir ciertos negocios que, por su propia naturaleza, como taxis, restaurantes y gimnasios, propician acercamientos mientras que se restringen aun las autorizaciones para otros, que igual, por su propia esencia son de buena distancia, como los billares y hasta hace poco los parques para hacer caminata al aire libre.

Estoy seguro que el otoño y el invierno nos traerán un respiro a este año atípico. Dentro de todo lo que sucede, los pedazos que se están haciendo en la enconada riña maniquea de borrachera pueblerina, unos para justificar y otros para descalificar; que va, para condenar, todo lo que hacen los gobernantes, creo que al final vendrá una temporada de respiro. Las partes contendientes, los vencedores y los vencidos, se retirarán para lamer sus heridas y se percatarán de lo inútil de la confrontación, del daño que le hacen a la nación. Pero eso difícilmente se puede evitar, es la naturaleza humana, la lucha por el poder, el juego de la guerra, el tribalismo. Ojalá de esto, saliera  una ópera o una obra de novela histórica, o cuando menos una cerveza artesanal alusiva o un platillo conmemorativo de la gran guerra ideológica del 2020.

Entretanto, la mayoría de los mexicanos, aquellos que no se toman la molestia de atacar o defender, de participar o no en encuestas, de pedir o de quitar, esos que componen la columna vertebral de nuestro México, seguirán trabajando y haciendo lo que saben hacer, lo mejor que pueden, contra viento y marea, contra tirios y contra troyanos, contra moros y contra cristianos. Bueno, esto último constituye un platillo que, bien hecho, es delicioso y además refleja la realidad histórica que pueden coexistir felizmente unos con los otros.



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