Aulas
Los planes se vinieron abajo. La urgencia de volver a las clases presenciales, dos semanas antes de las elecciones, no parecía ser una casualidad.
Campeche regresó a las clases presenciales y Nayarit estaba por reanudarlas, pero tan impredecibles como son las cadenas de contagio y la dudosa eficiencia con la que se maneja en el país la crisis del Covid-19, obligaron a dar marcha atrás con el plan piloto. “…suman ya dieciocho semanas a la baja en todos los indicadores de la pandemia… la mitad del país se encuentra en semáforo verde…”, decía el viernes pasado -con desbordado optimismo- el subsecretario Hugo López Gatell. Las autoridades de Salud habían anunciado que todo estaba listo para que maestros y alumnos en seis Estados del país, regresaran -por fin- a los salones de clase. Pero no pudo ser, no en este momento. Ambos Estados volvieron al semáforo amarillo, debido al aumento en el número de casos activos. Coahuila, Chiapas, Veracruz y Tamaulipas, estaban programados también para el regreso a las aulas, en la segunda mitad de mayo. La Ciudad de México y los Estados de México y Nuevo León, en junio. Dadas las circunstancias actuales, es probable que todos suspendan esa deseada cuanto aventurada decisión.
Baja California vacunó ya a sus maestros. 77 mil, según informaron las autoridades locales, pero el rebrote de contagios en Mexicali mantiene a la entidad en color amarillo y aún lejos del pretendido regreso de las clases presenciales. Se entienden la importancia y la necesidad de recuperar la educación de niños y jóvenes, pero el coronavirus no nos ha soltado y la probabilidad de que los estudiantes lleven la enfermedad a sus hogares todavía es alta.
Así las cosas, la 4T no podrá contar con ese factor, que resultaría lucidor y tal vez hasta redituable para sus pretensiones electorales.
Colofón
Y hablando de elecciones, intenso se presenta el tramo final de las campañas. Esgrima verbal entre candidatos, dudosas adhesiones y el rechazo de eventuales declinaciones, encuestas dispares, aburridos y poco sustanciosos debates, decenas de sonrientes aspirantes que imploran la confianza del elector.
Tal vez no encontremos entre los candidatos alguno o alguna que llene nuestras expectativas, es muy posible que estemos cansados de los partidos políticos, sus falsas ofertas y lo mucho que nos cuestan; puede ser que hayamos perdido la esperanza, después de tantas decepciones. Puede ser. Pero no olvidemos que, hasta hace unos años, era un sueño tener elecciones democráticas. No apaguemos el ánimo de los jóvenes que desean participar, hay qué motivarlos y dejarlos decidir en libertad. Se trata de nuestro país, pero más el de ellos, el de los próximos años y, en estos días, no es fácil encontrar motivos para el entusiasmo.




