Balance Temprano

(1a de dos partes)
Rogelio Aros Guzmán
Las críticas a las acciones gubernamentales, en ejercicio de la libertad de expresión, suelen ser identificadas como ataques destructivos en contra del gobierno en turno. La añeja y desgastada “lucha de clases” y las ideologías identificadas como de izquierda o derecha persisten en la actualidad y no parece que vayan a cambiar. Estas ideologías irreconciliables se quedaron en el túnel del tiempo y quienes las profesan no quieren entender que el mundo ha cambiado, que las “ideologías puras” no tienen viabilidad, pues con el transcurso de la historia se ha comprobado que solamente son viables y exitosas las naciones cuando utilizan las mejores propuestas en beneficio de los seres humanos y la sociedad, sean de corte izquierdista, derechista, progresista o de centro. Es decir, se tienen que practicar el eclecticismo en los gobiernos y sus acciones, utilizando en lo económico el libre mercado y en lo político a la democracia. Es mucho mejor lo que se denomina el humanismo político, que no es otra cosa que entender que el ser humano debe ser el centro y destino de toda actividad política, económica y social, tomando en cuenta que las instituciones son para beneficio y fortalecimiento del pueblo y no de un partido o de una ideología en particular.
Los integrantes del gobierno federal actual, cuando era oposición eran verdaderos y furibundos críticos -en contra del sistema que gobernada entonces-, en pleno ejercicio de su derecho a la libertad de expresión, del disentimiento en las ideas y de las diferentes maneras del ver el mundo y de gobernar. Sin embargo, el presidente López y los miembros de la 4T, con un talante autoritario, son alérgico a las críticas y a los señalamientos, de tal suerte que todos los días, López no hace otra cosa más que estar viendo quien le señala algo, “quien lo ataca” como dice él, y desde palacio nacional con recursos públicos se la vive contestando dichos señalamientos, agrediendo y descalificando a quienes los hacen, pero de ninguna manera desvirtúa los señalamientos hechos en su contra, sino que únicamente intenta derrotar moralmente a quienes llama sus adversarios, descalificándolos en sus personas, pero casi nunca rebatiendo los señalamientos porque precisamente son verdaderos, a esos que según él “lo atacan” son de la derecha, los adversarios de la 4T, los neoliberales, los “prianistas”, los corruptos, los miembros del “pueblo malo”, los fifís, los que han perdido privilegios, los chayoteros, etc. Es decir, su argumentación es ad hominem, o sea, al sujeto no a la información, acusación o señalamiento, lo que cada día hace que los que poseen poca cultura reafirmen su idolatría por López, pero quienes piensan y analizan, es decir, usan el cerebro racional, se desencantan al ver los pírricos resultados de quien apoyaron para ser presidente de la república y que hoy ven con una profunda decepción el fracaso en los diversos rubros del gobierno y la administración pública.
Por eso es que es harto interesante que dos intelectuales de gran prestigio de la izquierda democrática mexicana como son Ricardo Becerra y José Woldenberg, coordinaran los trabajos y escribieran también un ensayo cada uno, del libro que se intitula “Balance temprano”, que integra 18 trabajos de representantes del intelecto de izquierda en México, en el que escriben con datos duros oficiales, el resultado a dos años de gobierno de Andrés Manuel López Obrador, y la verdad, el panorama es sombrío. Es decir, no es l derecha la que señala y pone el dedo sobre la llaga, es la izquierda más legítima de México. Por ejemplo, Rolando Cordera y Enrique Provencio dan cuenta de la errática conducción de la economía, antes, durante y después de la pandemia, al firmar que las medidas económicas llevadas a cabo han sido muy desafortunadas y mucho peores que las ejecutadas en gobiernos anteriores, pues afirman que la economía, previo a la pandemia, no solo no había crecido sino que había decrecido durante cuatro trimestres, ya que el producto interno bruto tuvo un descalabro del orden del 0.3 % anual, lo que constituye una gran diferencia al 2.0 % de crecimiento que se había presentado durante los últimos gobiernos, porcentaje que por cierto, López había criticado y fustigado como un crecimiento paupérrimo. Pero López, ante el evidente fracaso, dijo, en pleno seguimiento a Hugo Chávez, que él estaba buscando otro índice económico que no fuera el PIB, sino que uno que midiera la felicidad de los mexicanos. Los representantes de la izquierda anotan que el mal comportamiento de la economía en el 2019 en el gobierno de la 4T se debe fundamentalmente a tres factores: La caída de las inversiones privadas, el débil desempeño del consumo y la reducción de gastos gubernamentales. Se puede advertir que la desconfianza del sector privado en el gobierno de López y sus políticas populistas y de inseguridad jurídica y económica, se manifiestan al decaer la inversión privada. La inflación y la falta de dinero para consumir, también tuvo sus malas consecuencias. Y, finalmente el supuesto ahorro tan festinado por el presidente, ha causado un problema por la falta de inversión pública, y el exceso de gasto en subsidios y dádivas. La austeridad económica ha sido nociva para el desarrollo social, y para la economía general, porque deprime la demanda y termina afectando el desarrollo en infraestructura, lo que a la vez perjudica los servicios de salud, educación, la calidad ambiental, la electricidad y en general, los demás servicios públicos.
Por su parte Gonzalo Hernández Licona, tarta el asunto relativo al asistencialismo pernicioso, que a final no reduce los problemas ni combate la pobreza, y, por el contrario, como en este caso, la aumenta. La pobreza, menciona, se combate con crecimiento económico. Ningún país puede abatir la pobreza sin crecimiento económico, independientemente que cualquier persona afirme lo contrario. Es claro que las dádivas palian un problema económico, pero el hecho de seguir manteniendo a gente sin crear empleos para que participen en el esfuerzo laboral para que las condiciones mejoren, crezcamos económicamente como país, y para dignificarlos como personas con empleos, finalmente se revierten y causan problemas económicos en la hacienda pública y en la economía general al no aprovechar esa fuerza laboral en beneficio de nuestra planta productiva. Aunado a lo anterior, se ve que el presidente fue muy hábil con su discurso electoral para señalar los graves problemas de desigualdad que en México existen, pero como presidente se nota que no tiene ni la menor idea, ni el más mínimo conocimiento, mucho menos los instrumentos adecuados para resolverlos, ya que sus programas sociales han fracasado rotundamente. La práctica retrógrada de destruir lo construido al estilo de los conquistadores españoles que enterraron los edificios de la cultura prehispánica y edificaron iglesias y otras construcciones, fue evidente en AMLO, quien destruyó programas fundamentales que servían para combatir la pobreza, de manera lenta, pero funcionaban para tal efecto, como fueron, Progresa, Seguro Popular, Empleo temporal, Estancias infantiles, etc. El programa progresa, refiere Hernández Licona, logró precisión para alcanzar a la población pobre, especialmente la indígena, ya que ese instrumento reflejaba bien la geografía, la sociología y la profundidad de la pobreza en México convirtiéndose en el mejor programa de la política social. En el caso del seguro popular, sirvió de un instrumento de salud para todas las clases, especialmente para la clase media y pobre que lleva a cabo labores informales, a las cuales les sirvió para atender lo que se llaman enfermedades catastróficas que, por lo costosas, empobrecen a las familias por los gastos que representan. Este programa de salud, sin duda, benefició a millones de familias que hoy, con el Insabi, recortado de presupuesto, es ineficiente y fracasado. 20.6 millones de mexicanos adicionales obtuvieron con el seguro popular acceso a las instituciones de salud en 15 años, un logro innegable, que fue dinamitado por López, cuyo rencor con los regímenes anteriores y su autoritarismo, lo han llevado a cometer toda clase de actos irracionales con las consecuencias ya sabidas.
El programa de empleo temporal que beneficiaba especialmente a la gente del campo que se queda sin trabajo cuando termina el tiempo de cosecha fue eliminado por orden de “Su Señoría López”, sin diagnóstico de ningún tipo como todos los programas, por el solo hecho de que eran programas de anteriores gobiernos y porque según él, estaban llenos de corrupción. Una vez más la ignorancia de la realidad se reflejó en el presidente que con una conducta irracional dio al traste con este programa que ayudaba a resolver problemas económicos estacionales de la gente más pobre al igual que lo hizo con el programa de estancias infantiles que atendía a ese sector vulnerable y lo apoyaba para que pudieran trabajar y ser productivas. Al eliminar ese programa, condenó a las mujeres trabajadoras a tener que cuidar a sus hijos y dejar de trabajar, contribuyendo a fracturar la planta productiva, el progreso en la economía y la dignificación de la mujer con el empleo. Y en todos sus programas se evidencia un objetivo: que les quede claro que el líder mesiánico, el caudillo, es quien les da el dinero de manera directa, para que así no se olviden de votar por él o sus esbirros, en los procesos electorales. “Que la pobreza siga”, ha de decir, “pero que la esperanza de salir de pobres nunca muera”, “luego a los pobres se les olvida quien los sacó de pobres y ya no votan por quien lo hizo”, dijera Yeidkol Polenski, ex lideresa de Morena señalada de robar cientos de millones de pesos al partido de la 4T. Como dijo Mariano Grondona: “Los populistas aman tanto a los pobres que los multiplican”. Entre más pobres, más votos para los populistas. Más claro ni el agua. Continuará.




