El país mal pero el superpeso bien. ¿Por qué?

Sociedad y derecho.

Muchos de nosotros, que no somos especialistas en el tema financiero, tenemos esa pregunta ¿Cómo es posible que la economía del país esté mal pero el peso frente al dólar no?

Los motivos que ocasionan este fenómeno son varios, pero nada complicado de entender.

Si bien el "superpeso" se ha convertido en tema de conversación cotidiana: aparece en titulares, en sobremesas y en debates políticos. El tipo de cambio baja, el peso se aprecia frente al dólar y, de inmediato, surge la narrativa optimista: "la economía mexicana está fuerte". Sin embargo, cuando se observa con lupa, la explicación es mucho más compleja —y menos triunfalista— de lo que parece.

Primero hay que entender qué significa que el peso se aprecie. En términos simples, quiere decir que se necesitan menos pesos para comprar un dólar. Es un dato financiero, no un certificado automático de salud económica. El tipo de cambio se mueve por múltiples factores, muchos de ellos externos, temporales o incluso especulativos.

Uno de los elementos más influyentes ha sido la tasa de interés. México, a través del Banco de México, ha mantenido tasas altas para combatir la inflación. Esto provoca que inversionistas extranjeros traigan sus dólares, los cambien a pesos e inviertan en instrumentos gubernamentales que pagan rendimientos atractivos. A este fenómeno se le conoce como "carry trade". Mientras las tasas mexicanas sean más altas que las de economías desarrolladas, el peso tiende a fortalecerse, pero no por crecimiento productivo, sino por flujos financieros que pueden salir tan rápido como entraron.

Otro factor clave son las remesas. Millones de mexicanos en Estados Unidos envían dinero constantemente a sus familias. Esos dólares se convierten en pesos al ingresar al país, generando una oferta sostenida de divisas. Las remesas ya superan ingresos petroleros en algunos periodos. Pero este flujo, aunque vital socialmente, no refleja dinamismo interno: proviene del trabajo de mexicanos fuera del país, no de mayor productividad nacional.

También influye el fenómeno del "nearshoring", es decir, la relocalización de empresas hacia México para estar más cerca del mercado estadounidense. Este anuncio de inversiones genera expectativas positivas en los mercados financieros y fortalece la moneda. Sin embargo, muchas de esas inversiones aún están en fase de planeación o instalación; su impacto pleno en empleo, salarios y cadenas productivas tardará años en consolidarse.

El precio del petróleo y las exportaciones manufactureras —particularmente automotrices— aportan dólares adicionales. México sigue siendo un gran exportador hacia Estados Unidos. Cuando esa demanda externa se mantiene sólida, entran más divisas y el peso se aprecia. Pero, nuevamente, depende del ciclo económico estadounidense más que de la fortaleza estructural interna.

Ahora bien, ¿por qué la percepción ciudadana no coincide con el "peso fuerte"? Porque la economía real cuenta otra historia. El crecimiento ha sido moderado, la informalidad laboral sigue alta, el poder adquisitivo apenas se recupera tras años de inflación, y la inversión pública y privada como proporción del PIB continúa por debajo de niveles históricos. Es decir, el tipo de cambio no refleja necesariamente el bienestar cotidiano.

Además, un peso apreciado tiene efectos adversos. A los exportadores les pagan en dólares pero gastan en pesos; si el dólar baja, sus márgenes se reducen. Lo mismo ocurre con el turismo receptivo: México se vuelve más caro para el extranjero. En contraste, las importaciones se abaratan, lo que beneficia al consumo pero puede golpear a la industria nacional.

Hay otro componente poco discutido: la debilidad global del dólar en ciertos periodos. Cuando la moneda estadounidense se debilita frente a varias divisas por decisiones de la Reserva Federal o por ciclos económicos, el peso también se fortalece por arrastre, no por mérito propio.

En síntesis, el peso se aprecia por una combinación de tasas altas, flujos financieros especulativos, remesas históricas, expectativas de nearshoring y exportaciones sólidas hacia Estados Unidos. Son factores importantes, sí, pero muchos son externos, volátiles o aún incipientes.

Por eso, confundir tipo de cambio fuerte con economía fuerte es un error de diagnóstico. El verdadero termómetro debería ser la productividad, la inversión sostenida, el empleo formal bien pagado y el crecimiento de largo plazo. Mientras esos indicadores no despeguen con la misma fuerza que el peso, el "superpeso" seguirá siendo, más que un reflejo de prosperidad estructural, un espejismo financiero de corto plazo.

Como siempre un placer saludarlo, esperando que estas pocas palabras hayan sido de su agrado y, sobre todo de utilidad ¡Hasta la próxima!





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