La incomodidad como ventaja
Sociedad y derecho.
La historia del desarrollo suele explicarse a partir de la abundancia, pero algunos de los mayores avances de la humanidad nacieron, paradójicamente, de la carencia. El territorio conquistado por los ingleses en América del Norte —particularmente el que hoy ocupa la ciudad de Nueva York— es un ejemplo revelador. Carecía de recursos naturales estratégicos, enfrentaba un clima extremo y ofrecía pocas condiciones para la comodidad. Sin embargo, esa desventaja se convirtió en el origen de su fortaleza.
A diferencia de las colonias españolas, donde la riqueza mineral y la fertilidad de la tierra marcaron el ritmo económico, las colonias inglesas se asentaron en un entorno hostil. El suelo era pobre, los inviernos largos y la naturaleza poco generosa. No había oro que extraer ni tierras que produjeran sin esfuerzo. La supervivencia exigía organización, trabajo y visión. Y esa exigencia moldeó una cultura distinta.
Nueva York nació de la incomodidad. La escasez obligó a crear lo que no existía: comercio, instituciones, puertos, reglas, mercados. Allí donde la naturaleza no ofrecía ventajas, la sociedad tuvo que construirlas. El desarrollo no fue espontáneo, fue deliberado. La planeación se volvió una necesidad y el inconformismo una actitud colectiva.
Ese inconformismo no era rebeldía vacía, sino inconformidad productiva. No aceptar la precariedad como destino impulsó la innovación. La incomodidad generó disciplina. La falta de recursos aceleró el ingenio. La adversidad se convirtió en escuela. Con el tiempo, esa mentalidad atrajo talento, inversión y migrantes que compartían una misma lógica: en los lugares difíciles, el esfuerzo vale la pena.
Pero la historia tiene una ironía que hoy resulta imposible ignorar. Ahora que Nueva York es una de las grandes urbes del mundo, el fenómeno parece invertirse. Las comodidades que antes no existían hoy sobran. Las oportunidades están al alcance, pero la urgencia se ha diluido. La infraestructura, los mercados, las instituciones y las ventajas competitivas que los fundadores construyeron con sacrificio hoy se heredan sin el mismo sentido de responsabilidad.
En las calles de la ciudad que nació del esfuerzo se percibe, cada vez más, una paradoja moderna: personas con todas las condiciones para avanzar, desperdiciando tiempo valioso. La abundancia, que fue objetivo, se ha vuelto anestesia. Donde antes el frío empujaba a crear, ahora el confort invita a postergar. Donde antes la escasez exigía acción, ahora la comodidad permite distracción.
El contraste es una advertencia universal. Las sociedades que se desarrollan desde la carencia corren el riesgo de estancarse en la abundancia si olvidan la mentalidad que las hizo crecer. La incomodidad fue motor; el confort, si no se administra, puede ser freno.
La historia de Nueva York deja una lección vigente, no solo para las ciudades, sino para las personas y los países: las oportunidades heredadas también exigen esfuerzo. Lo que se recibe sin lucha se pierde sin conciencia. Y quizá el verdadero reto del presente no sea crear riqueza, sino recuperar la urgencia moral de aprovecharla.
En México, el desafío es similar, aunque desde otro punto de partida. Hemos aprendido a convivir con la dificultad, pero no siempre a transformarla. La incomodidad histórica no ha generado suficiente urgencia colectiva para cambiar estructuras, sino, en muchos casos, resignación. Y cuando llegan las oportunidades —inversión, talento, tecnología, posición geográfica privilegiada— las tratamos como si fueran permanentes, no como ventanas que se cierran. El país no necesita más discursos sobre lo que nos falta, sino recuperar la incomodidad creativa que obliga a actuar. Porque el desarrollo no depende de lo que tenemos, sino de lo que hacemos con ello antes de que se nos vuelva costumbre.
Como siempre un placer saludarlo, esperando que estas pocas palabras han sido de su agrado y, sobretodo de utilidad ¡Hasta la próxima!




