Las verdaderas víctimas
www.IsmaelCala.com
Las guerras siempre se cuentan en cifras: territorios, misiles, alianzas, estrategias. Pero la verdad es que la guerra se siente en otra dimensión. Se siente en las familias que no vuelven a ser las mismas, en los hogares que se quedan en silencio, en los niños que dejan de ser niños demasiado pronto.
Los recientes acontecimientos en la escalada entre Irán e Israel han vuelto a colocar al mundo frente a una realidad que nunca deberíamos normalizar. Entre los episodios más dolorosos está el bombardeo de una escuela primaria de niñas en la ciudad iraní de Minab, ocurrido durante la primera jornada de ataques en esta nueva fase del conflicto. El edificio fue alcanzado en horario escolar y dejó más de un centenar de víctimas, en su mayoría estudiantes, muchas de ellas niñas de entre siete y doce años.
Cuando un conflicto armado llega a las aulas, algo esencial de nuestra humanidad se rompe. Las escuelas representan el futuro, la posibilidad de aprender, de crecer, de imaginar un mundo mejor. Cuando ese espacio se convierte en escenario de destrucción, la guerra deja de ser un asunto estratégico y se revela en su forma más cruda: la incapacidad de los adultos para proteger lo más sagrado.
En momentos como este es fácil caer en la lógica de los bandos. Cada lado presenta su narrativa, sus argumentos, sus justificaciones. Pero más allá de cualquier posición política o geopolítica, hay una verdad que debería unirnos: ningún niño debería morir en una guerra que no eligió.
La paz no es ingenuidad. Es valentía. Requiere la capacidad de detener la espiral de odio, de reconocer la dignidad del otro incluso cuando pensamos diferente, incluso cuando la historia ha acumulado heridas profundas.
Las sociedades que han sufrido conflictos prolongados saben que la violencia rara vez resuelve lo que promete. A lo sumo cambia el rostro del dolor. Por eso, en medio de este momento tan complejo, el llamado más urgente no es a la victoria de uno u otro, sino al entendimiento.
Cada niño que pierde la vida en una guerra nos recuerda que la humanidad aún tiene una tarea pendiente: aprender a resolver sus diferencias sin destruir su propio futuro.
Ojalá algún día miremos atrás y comprendamos que la paz no era una utopía, sino una decisión colectiva que tardamos demasiado en tomar.
Dios es amor, hágase el milagro.
Twitter: @cala
Instagram: ismaelcala
Facebook: Ismael Cala



