El síndrome de la suerte
Sociedad y derecho.
Mi padre me dijo hasta el cansancio durante toda mi vida qué, en nuestra familia tenemos el "síndrome de la suerte", porque, aparentemente, por arte de magia siempre nos salen las cosas bien, hasta cuando decidimos no tomar acción en algo, salen bien.
Yo crecí con la verdad absoluta, de que tengo el síndrome de la suerte y, por extraño que parezca, lo tengo.
Hoy, a diez meses de su fallecimiento y, en su recuerdo, he querido abordar este tema desde la reflexión. Espero sea de su agrado.
El síndrome de la suerte no es en realidad, una ilusión ni un privilegio, sino una "forma de entrenamiento mental" que, en mi caso, comenzó temprano y operó en silencio durante toda mi vida. Porque lo que se repite —con palabras, gestos, expectativas— termina volviéndose real.
Hay niños a los que el mundo les repite: "confía", "intenta", "tú puedes", "esto se resuelve". No siempre con discursos, muchas veces con actitudes. Observan a adultos resolver, levantarse, insistir. Ven problemas que no paralizan, sino que se enfrentan. Y sin saberlo, aprenden una verdad poderosa: "la vida responde al que actúa".
Eso es el síndrome de la suerte en su versión luminosa: una repetición tan constante de experiencias favorables que el cerebro la adopta como norma. No como excepción. El niño crece esperando que las cosas funcionen, no por ingenuidad, sino porque así fue programado. Y eso lo cambia todo.
La mente que espera resultados positivos toma decisiones distintas. Habla distinto. Se expone más. Tolera mejor la incertidumbre. No duda tanto en dar el paso. Y al dar más pasos, encuentra más oportunidades. Desde fuera parece suerte; desde dentro es coherencia.
La repetición positiva no crea arrogancia, "crea confianza operativa". La persona no se siente elegida, se siente capaz. Y esa diferencia es enorme. El "afortunado" no espera milagros: se mueve con la convicción de que algo ocurrirá si insiste lo suficiente.
Aquí aparece una verdad: la suerte se entrena. No como superstición, sino como hábito. Cada experiencia resuelta refuerza la expectativa de que la siguiente también puede resolverse. Cada intento exitoso reduce el miedo al siguiente intento. Así se construye una inercia invisible que empuja hacia adelante.
Por eso hay personas que parecen tener el viento a favor. No porque el mundo las prefiera, sino porque su mente aprendió a no detenerse. La repetición de pequeños logros creó una identidad: "soy alguien a quien las cosas le salen". Y esa identidad se convierte en profecía autocumplida.
El verdadero problema no es que algunos tengan este síndrome, sino que no lo enseñamos. Que no repetimos lo suficiente a los niños —y a los adultos— que la acción produce resultados. Que el error no cancela, solo ajusta. Que la constancia construye lo que el azar no puede.
Tal vez la suerte no sea más que un hábito bien repetido. Y si es así, entonces no es un misterio, es una responsabilidad.
Como siempre un placer saludarlo, esperando que estas pocas palabras hayan sido de su agrado y, sobre todo de utilidad ¡Hasta la próxima!



